Es el temor de vivirnos
plenamente, de mirarnos a los ojos, de permanecer en el silencio, de decirnos
lo que realmente nos está pasando… Y en esas instancias aparece en mí unas ganas intensas de
entrar, así bien rápido, sin dudar, de ir hacia el ser más pequeño que habita
en cada quien y que sostiene nuestra experiencia vital. Aquel ser que siendo
pequeño se mantiene fuerte aguardando un momento en el cual expresarse. Pero es
tanto el temor de llegar ahí, tanta la desconfianza frente a ser amados tal
cual somos, que aparentemente pareciera ser mejor reafirmarse en reconocimientos externos,
evadirse en rutinas hipnóticas, tomar experiencias sucedáneas en vez de esta vida natural.
Tal vez no hay peor costumbre que
la de mentirse a uno mismo. Como cuando hacemos de nuestro hogar la
superficialidad, mojamos nuestros pies pensando en que nos estamos bañando, o
llamamos pareja, amigo o realización a aquello que no tiene conexión con nuestros deseos más hondos.
Me gustaría pensar que las
puertas cerradas marcan un ritmo, un tiempo personal, más no un acomodo en un
lugar validado socialmente, sin interferencias de alguna confrontación que nos
recuerde que necesitamos ser más persona y menos personaje. Veo tantas imágenes y colores
llamativos, risas, lugares, abrazos, ideas… la mayoría de ellas sostenidas
ruidosamente, recurriendo a la innovación para llamar la atención sobre sí
mismas, siendo esto semejante a una círculo vicioso de: superficialidad-egocentrismo-vanidad y otra vez de vuelta a la superficialidad.
Probablemente son las mismas 3 puertas que en algún momento debemos decidir si
queremos abrir o no, lo que sí podemos realizar preguntándonos:
¿Quiero ir más adentro
hasta donde sabré que no quiero estar por lo oscuro que es ahí?,
¿Quiero abandonar las
ideas e imágenes de mí mismo para habitar el vacío que también soy?
¿Estoy dispuesto/a a dejar los
elogios, el reconocimiento y la validación de otros por mantener mi
autenticidad?
Tal vez no deseamos preguntarnos
aquello, o tal vez queramos tomar una decisión liberadora… como abandonar el temor a
entrar, a abrir, a ver. Olvidar quien creo ser, como debo ser o cualquier
programación mental externa. Dejar atrás la mirada social, el juicio de ese otro que no
puede responder por mi a aquella pregunta que tal vez se nos aparezca antes
de ya no contar con la fortuna de existir: ¿He habitado mi propia vida?
