miércoles, 9 de enero de 2019

¿He habitado mi propia vida?

Durante este último tiempo, diversas personas han recurrido a mí por alguna necesidad terapéutica, la cual inicialmente se muestra clara para la persona, lo que podría ser una motivación concreta para ahondar en un proceso terapéutico; sin embargo, a medio camino, prontamente vuelvo a encontrarme con una constante: el temor a lo profundo, esa actitud de no querer ir más hondo y tratar de mantener todo “tal cómo está”, como si eso fuese posible. Es el temor de ir hacia adentro, a ese abrumador espacio donde guardamos realidades internas, tanta veces en desorden, escondidas de nosotros mismos.

Es el temor de vivirnos plenamente, de mirarnos a los ojos, de permanecer en el silencio, de decirnos lo que realmente nos está pasando… Y en esas instancias aparece en mí unas ganas intensas de entrar, así bien rápido, sin dudar, de ir hacia el ser más pequeño que habita en cada quien y que sostiene nuestra experiencia vital. Aquel ser que siendo pequeño se mantiene fuerte aguardando un momento en el cual expresarse. Pero es tanto el temor de llegar ahí, tanta la desconfianza frente a ser amados tal cual somos, que aparentemente pareciera ser mejor reafirmarse en reconocimientos externos, evadirse en rutinas hipnóticas, tomar experiencias sucedáneas en vez de esta vida natural.


Tal vez no hay peor costumbre que la de mentirse a uno mismo. Como cuando hacemos de nuestro hogar la superficialidad, mojamos nuestros pies pensando en que nos estamos bañando, o llamamos pareja, amigo o realización a aquello que no tiene conexión con nuestros deseos más hondos.

Me gustaría pensar que las puertas cerradas marcan un ritmo, un tiempo personal, más no un acomodo en un lugar validado socialmente, sin interferencias de alguna confrontación que nos recuerde que necesitamos ser más persona y menos personaje. Veo tantas imágenes y colores llamativos, risas, lugares, abrazos, ideas… la mayoría de ellas sostenidas ruidosamente, recurriendo a la innovación para llamar la atención sobre sí mismas, siendo esto semejante a una círculo vicioso de: superficialidad-egocentrismo-vanidad y otra vez de vuelta a la superficialidad. Probablemente son las mismas 3 puertas que en algún momento debemos decidir si queremos abrir o no, lo que sí podemos realizar preguntándonos:

¿Quiero ir más adentro hasta donde sabré que no quiero estar por lo oscuro que es ahí?,
¿Quiero abandonar las ideas e imágenes de mí mismo para habitar el vacío que también soy?
¿Estoy dispuesto/a a dejar los elogios, el reconocimiento y la validación de otros por mantener mi autenticidad?

Tal vez no deseamos preguntarnos aquello, o tal vez queramos tomar una decisión liberadora… como abandonar el temor a entrar, a abrir, a ver. Olvidar quien creo ser, como debo ser o cualquier programación mental externa. Dejar atrás la mirada social, el juicio de ese otro que no puede responder por mi a aquella pregunta que tal vez se nos aparezca antes de ya no contar con la fortuna  de existir: ¿He habitado mi propia vida?