Por largo tiempo he creído que el
sentido de pertenencia es uno de los sentimientos más potentes que poseemos
como personas, tal vez como especie. Por muchos años se han realizado
diferentes experimentos (como por ejemplo el clásico del ascensor: https://www.youtube.com/watch?v=BgRoiTWkBHU)
donde vemos con qué facilidad pareciera que necesitamos dejarnos llevar por los
demás. Creo que este sentido de pertenencia calzó muy bien con la cultura de
consumo, donde surge la posibilidad de “sentirse bien” en la medida que adquirimos
más accesos como ir a un buen restaurante, a un determinado lugar de vacaciones,
comprar un auto del año, etc. donde la ambiciosa comodidad se muestra como un sinónimo de bienestar, y a veces justamente son esos espacios de consumo los
que determinan a diferentes grupos sociales al identificarse ya sea en relación positiva
o contraria a la cultura imperante; pero también está la pertenencia a una familia,
a un grupo de amigos, a un estilo de vida, etc. Sin embargo, había olvidado de
dónde nace esta tan naturalizada necesidad de pertenecer a un grupo ya sea por
lo que pensamos, lo que hacemos o lo que tenemos, etc. El psicólogo Dyer esta
vez me lo recordó, es nuestra falta de confianza, ese piso vital para la
existencia. Hemos vivido en una sociedad que se ha esforzado para que no
confiemos en nosotros mismos sino más bien nos estandaricemos casi íntegramente
a un grupo o forma de ser socialmente “exitosa” o “correcta” o simplemente categorizada.
El costo de ello como decía El Principito: es invisible a los ojos. En algunos
casos hemos preferido ignorar nuestras insatisfacciones internas hasta que se
convierten en una enfermedad o evento sorpresivo como una ruptura amorosa, un accidente,
conflictos recurrentes, etc. El punto clave es volver a recuperar nuestra
confianza, ese amor vital desde el cual aprendemos a movernos sin necesitar la
aprobación, validez, y/o afecto de otro, y con ello no quiere decir que no lo
disfrutemos si esto aparece, sino que no representaría el eje a través del cual
direccionamos nuestra vida, a través del cual nos direccionamos a nosotros
mismos.
Comencé a entender que cultivar
la confianza en estos días es un desafío tan significativo como sería dejar el cigarrillo
para un fumador; el vicio en este caso, es la aprobación externa: una nota, un
aplauso, un título, un halago, etc. Al parecer es esta nuestra mayor adicción,
y bueno también está la de querer responsabilizar a cualquier otra persona o
situación menos a nosotros mismos por cómo nos encontramos en nuestra vida
actual. Cambiar un hábito alimenticio o integrar un nuevo hábito como una
rutina deportiva por ejemplo, es un proceso lento, en algunos casos puede tardar
años, pero sin importar cuánto demore, creo que sin duda es lo más relevante
que podemos hacer por nosotros mismos y por las futuras generaciones. Aprender
a amarme, a validarme, acompañarme, a darme apoyo, crearía una vida emocional
autosustentable. Aprender a pensar por mí misma/o, a generar ideas y visiones
propias y creer en ellas, probablemente traiga nuevos conflictos pero también
un sentido de pertenencia mucho más hondo que repetir el ritmo hipnótico de
algunas ideas colectivas. Para mí, ahí está la escuela de la vida, en el
ejercicio de esta autonomía, la que da cabida a la diversidad, a la integración
y dialogo enriquecedor. La valentía y el amor van juntos de la mano, amarse
fuertemente a uno mismo es un acto de mucho coraje, ese coraje que embellece a
nuestras propias vidas.
"Esto ante todo: sé fiel y verdadero a tu ser interior;
Y sucederá, como la noche sucede al día,
Que no podrás mostrarte falso con hombre alguno"
Hamlet
No hay comentarios:
Publicar un comentario