Moverse desde la herida implica
necesariamente ocasionar inconscientemente el mismo daño que hemos recibido.
Vale decir, que si durante mi infancia recibí un amor condicionado, voy a
reproducir esta forma de relacionamiento solo por estar ciego frente a mi mis@.
Movernos desde la herida no puede traer nada bueno, creamos tensión, rechazo, ambivalencia
y desconcierto, pero hemos hecho de nuestra herida un lugar tan cómodo que
pareciera que estas negatividades son “normales”, “parte de la vida”, como
naturalizar un día nublado por quien no ha revisado ni ha limpiado sus lentes.
Es imposible ver la herida sin
afectarse nuevamente por ello, sin levantar la emocionalidad que se trastocó
cuando se experimentó el daño original, pero esa es justamente nuestra
oportunidad para curarnos, para gestar nuestro proceso de renacimiento y
concebir la propia vida desde nuestros anhelos más hermosos. El tiempo que requerimos
para sanar es acorde al tamaño de la herida, y por ello no debemos desanimarnos,
ya que el tamaño de nuestra herida es también el de nuestra lección, ese
aprendizaje vital que enriquece la vida personal y la de quienes nos rodean.
Como todo proceso, ver qué nos duele y nos ha dolido es un trayecto conformado
por etapas, por ello muchas veces es recomendable dejarnos acompañar para no
quedarnos entrapados en ninguna fase, sino seguir avanzando con la certeza de
que podemos transformar en positivo todo lo negativo que hayamos experimentado
en nuestras vidas.
La meta es recuperar el estado
amoroso con el cual nacemos pero en una versión mucho más madura. El remedio también es el amor, pues es esta disposición la que nos ayudará a integrar lo
desplazado de tal manera que mantengamos la armonía dentro de nosotros.Y esa
es la diferencia radical cuando nos movemos desde la sanación; se derriban las
identificaciones con cualquier imagen de mí mismo, caen los personajes, la
historias, las expectativas catastróficas, el deseo de control, la necesidad de
atención, el reclamo, la queja, esa rabia contenida… ya no existen, y no queda
más que dar, que agradecer y valorar. ¿Cómo no querer sanar? Si la felicidad
que se crea no emerge al evitar, sino más bien al querer ver, aprender y
perdonar.