En momentos difíciles de nuestras
vidas, ya sea a nivel personal o colectivo, emergen múltiples sentimientos y
pensamientos negativos con los que corremos el riesgo de quedar atrapados en
ellos. Si experimentamos una pérdida, o somos testigos de una injusticia, o
vivimos una situación dolorosa, es natural que como seres sensibles y conscientes surjan sentimientos de rabia, angustia, pena, inseguridad, nerviosismo, confusión,
amargura, e inclusive en rangos más extremos como pánico, depresión, ansiedad, etc.
Hay un significado detrás de cada sentir, detrás de cada síntoma, que es
cuestión de voluntad si queremos parar el tiempo para poder verlo, siendo esto un
ejercicio fundamental para conocernos, comprendernos, y llevarnos a nosotros
mismos de la mejor manera posible. Pero a veces, simplemente no queremos dejar
ese estado negativo… ¿Por qué?
La intensidad de un sentimiento
ya sea positivo o negativo, guarda primeramente una “historia personal”, algo
como “me siento así porque para mi es importante…”, o “siento xxx porque creo
que…” La historia de cada uno de nosotros es nuestro tesoro más valioso porque
es lo que nos ha forjado hasta llegar a lo que hoy somos. Mas por otra parte,
la intensidad de un sentimiento es mucha veces lo que también nos vincula, y
ese vínculo es el que a su vez alimentamos al incentivar día a día una determinada
emoción. Por ejemplo, una persona que terminó una relación de pareja, puede escuchar
canciones melancólicas para volver mentalmente a esa relación, o una persona que
perdió a un familiar, no deja de llorar porque así también lo trae al presente,
o alguien que observa situaciones abusivas, no deja de tener rabia porque así proclama
la injusticia. La sabiduría de nuestro cuerpo nos refleja que conectarnos negativamente
con aquello que es importante para nosotros genera a través del tiempo una
nueva enfermedad, vale decir, que de cierta forma aquello que resultó
significativo nos puede terminar destruyendo. (Sólo si lo permitimos)
La trampa de la negatividad tiene
un sentido, pero no es caer en ella. Dicha trampa justamente nos muestra lo que
puede ser un propósito de vida, una manera de agregarle valor a nuestro devenir para honrar lo que tanto nos tocó. Por ejemplo, si sentimos perder a alguien,
podemos concientizar el aprendizaje que la persona nos dejó y honrarlo/a con
nuestros actos y decisiones. Si sentimos ser espectadores e inclusive víctimas
de violencia, podemos fortalecer nuestra capacidad de amar con tanta lucidez
para que nadie en nuestro alrededor se sienta violentado. Salir de los mecanismos
negativos de apego es el camino más largo que podemos tomar, pero es también el
que fortalece nuestro sentido de vida manteniendo el vínculo de forma positiva y saludable.
Avanzar y re-significar no solo fomentará nuestra salud de manera integral,
sino que además le dará peso a nuestras perspectivas, desarrollando una
sólida calidez en nuestra forma de ser con lo cual podemos incentivar cambios y
mejorías de manera sustentada.
