Hablar de valor se puede asociar a múltiples significados en nuestro espacio mental, desde el coraje que se requiere para emprender una acción, o la estructura ética que posee una persona, o el precio que posee un determinado producto o servicio. Si apreciamos la cantidad de veces que recibimos en un solo día distintos mensajes para consumir, ya sea a través de la televisión, las propagandas en las calles o en el mismo celular y las redes sociales, resulta coherente que surja la idea de que nuestro valor personal se asemeja a una acción de la bolsa de mercado, que dependiendo de las circunstancias ésta puede subir o bajar. Es fácil desde ahí vernos a nosotros mismos como capital y creer que tenemos que hacer algo para convertirnos en un producto más atractivo.
La valía personal, es mucho más profunda que cualquier elemento que creamos tener. No guarda relación con qué tan bien calzamos en un modelo de éxito impuesto, ni con las cosas que tengamos. La valía está en nuestra forma de ser, porque esta es única y traspasa todos los patrones y condicionamientos que recibimos desde nuestro nacimiento.
La valía personal se aprecia en
la manera en que reconocemos y cómo enfrentamos nuestras heridas. Si aún no
mantenemos la templanza ante ellas, es que todavía hay algo que rechazamos de nosotros
mismos, ya sea a través de la culpa, el resentimiento, la frustración, e
inclusive la indolencia. Cuando no aceptamos nuestra vida tal como es, reflejamos
entonces la confianza que hemos perdido en nosotros mismos.
La valía siempre está presente,
pero la podemos observar según nuestra capacidad de amarse a uno/a mismo/a. De
querer comprender cada sensación propia, de darnos el tiempo y la presencia que
se requiere para explorar respetuosamente nuestro territorio interno. Una vez integrada
esta forma de relacionarse con uno/a mismo/a, nuestro valor prescinde de halagos
o críticas, siendo la coherencia el elemento que brinda el soporte esencial para
permanecer en equilibrio. Es paradójico cómo a veces buscamos afuera algo que
destaque el sentido personal, cuando éste muchas veces habita como un tesoro
bajo nuestras cicatrices emocionales, donde el brillo emerge de nuestra capacidad para
re-conectarnos. Hay muchas formas para ello, abrirse a una buena conversación,
darse un espacio de instrospección, más lo principal es ser honesto con
nosotros/as mismo/as.
“…para empezar a curarte, deja de engañarte pensando que un
pequeño placer equivocado te curará la pierna rota. Di la verdad acerca de tu
herida y entonces comprenderás el remedio que le tienes que aplicar. No llenes
el vacío con lo que te resulte más fácil o lo que tengas más a mano. Espera a
encontrar la medicina adecuada. La reconocerás porque tu vida será más fuerte y
no más débil.”
Mujeres que Corren con los Lobos
Clarissa Pinkola Estés.
