Percibir la realidad
emocionalmente es un regalo que te das tanto ti mismo/a como a quienes te rodean. Poder expresar y describir con prolijidad la evolución de un
sentimiento, registrando cómo se origina, qué despierta internamente y qué
incita en nosotros, requiere de una agudeza perceptiva y de una motivación explícita
de autoconocimiento a modo que facilite tan íntima relación con el propio mundo
emocional. El tránsito de las emociones, particularmente cuando éstas son
intensas, en ocasiones genera confusión al transformarse en una experiencia que
aparentemente nos hace “sentir vivos/as”, razón por la cual, algunas personas o
nosotros mismos en determinadas etapas de la vida, creamos y co-creamos
situaciones que inmediata o eventualmente desencadenan una intensidad emocional,
relacionándonos con nuestra existencia de tal manera como si ese “sentir” fuese
una droga. A veces, es inevitable dicha intensidad, como cuando recibimos el
impacto de una noticia en la que alguien fallece o nace, pero hay otras
intensidades que sí son evitables, como cuando escuchamos música sentimental o
permanecemos en la desconfianza para incitar permanentemente nuevos conflictos
“acalorados”. Cuando hay un interés personal, consciente o inconsciente, sobre
alguna emoción que se esté originando, comenzamos a desvirtuar nuestra
sensibilidad iniciando así la construcción de un drama.
La diferencia más significativa
entre ser sensible o dramáticos, tiene que ver con que la primera te conecta
con la vida y crea a largo plazo una mayor confianza y fortaleza en uno mismo
como canal perceptivo. Al ser sensibles nos reconocemos en unidad con lo que
experimentamos y lo que surge internamente en nosotros. A través de ello, somos
capaces de dar una respuesta coherente a lo que acontece a nuestro alrededor. En
cambio, en el dramatismo nos debilitamos, nos quita poder, pues tiende a ser una reacción
exacerbada por la propia mentalidad e historia de vida de cada persona. Ahí
deja de ser una lectura de la realidad, sino más bien una sobre interpretación
o distorsión de ésta, sesgada por el propio lente herido de quien observa. Y
aquí cabe preguntarse: ¿Podemos reconocer cuándo somos dramáticos y cuándo
somos sensibles o insensibles?
Sentir - Catalina Cartagena (@catalinagena)
Hoy en día es más fácil ser
dramático que sensible. Exagerar o inventar una emoción como cuando nos
preguntan “¿cómo estás?” y respondemos automáticamente “bien”, es una forma de
relacionarnos superficialmente, con la que tal vez logramos ser funcionales por
un momento, pero a costa de resguardar la distancia, cerrando la puerta hacia
una real interacción, de verdadero involucramiento e impacto recíproco. Además,
podemos apreciar que dentro de la sensibilidad usualmente se guardan verdades que nos sorprenden; en cambio en el dramatismo, se respaldan mentiras ya conocidas, como por ejemplo, cuando en el
romanticismo se tiende inequívocamente al fatalismo: “sin ti no soy nada”. Si bien la mayoría de las veces el carácter
dramático se sitúa en las emociones negativas, no son excluyente las emociones
positivas, un “¡hola bella/o!” a cada persona que se nos cruza en el camino, también
puede estar profundamente desconectado del otro/a.
El requisito para ser sensible es
ser honestos, mientras que para ser dramático se requiere estar herido. ¿Puedes
notar la diferencia en ti?, ¿la diferencia en qué es lo que realmente sentimos y qué
es cosecha propia? En la sensibilidad solemos encontrar una lección de vida,
mientras que el drama parece ser un cuento reiterativo. La sensibilidad nos
invita a cambiar, a ver las cosas de otra forma, profundizar nuestra mirada,
flexibilizar nuestras formas de ser. En el dramatismo, es el mismo personaje
que nos creamos de nosotros mismos y de los otros, y que busca repetir las "escenas" en su vida para
seguir tal cual como está.
Para reconocer en qué punto
estamos, necesitamos silencio. Respirar conscientemente y permanecer un rato
así. Decantar nuestros pensamientos, observar nuestras emociones, situándonos
en el vaivén de nuestra respiración. Este es nuestro "punto 0”, desde donde
poco a poco podemos volver a comprendernos y organizarnos, sosteniendo el
horizonte de aquello que anhelamos para nosotros mismos. Tal vez en el drama
contamos con mayor audiencia, mas sin duda en nuestra sensibilidad encontramos
mayor y verdadera claridad.