Una gran red de vida, de
biodiversidad, un único organismo viviente organizado para mantenerse en un
fértil y armónico equilibrio. Somos un Bosque, compuesto de árboles viejos y
firmes, otros nacientes y flexibles, de arbustos y flores que acompañan el
camino. Somos la piedra y el musgo que la cubre, la tierra húmeda que aloja a
todo tipo de insectos, el grillo y su canto, el pájaro y su vuelo, el nido que
está en construcción mientras corre el río en su esplendor y vitalidad… ¿puedes
recordarlo? Que la unidad es nuestra fortaleza, la fuente nutritiva donde
transita cada elemento que cada quien necesita, no importa que tan alejado
está, mientras habite esta Tierra hay una atmósfera compartida, un suelo y un
cielo que responden a esta unidad y colaboran con el pulso de vida; ¿colaboras tú?. Esta red es
también nuestro centro, el escenario esencial donde se despliega cada diversa existencia,
aquellas formas que aportan su elemento original para hacer crecer el territorio
vivo. El bosque, es nuestra capacidad para conectar con la naturaleza interna y
externa de lo que nos rodea, para sentir y comprender el propósito que somos.
¿Cómo valorar, cuidar y proteger esa conexión? que es más fuerte que el deseo
de relevar una sola forma de vida, pues todos necesitamos el bosque. ¿Qué nos
ha hecho creer que estamos fuera de él?, ¿Qué podemos vivir sin él?; ¿Qué nos
hace querer separarnos de él?
Como un gran tejido, una malla, una red, es necesario ver cada nudo, cada enredo, cada hilo que se ha perdido, cada espacio que es necesario zurcir, enmendar. Y en este ejercicio volver a conectar en y entre nosotros, poniendo la atención en aquello que nos conecta; algunos le llaman “sentido común”. Hay un trabajo por hacer, mas probablemente el trabajo mayor está en deshacer, quitar el egoísmo, el individualismo, el miedo, la desconfianza, el exceso de materialismo y la inquietud por encontrar en un logro aquello que radica en el proceso. Aprender a estar aquí, a estar presentes, a sentarnos en la calma y la laboriosidad que se requiere para avanzar cada día un poco más, tal como una planta que está erigiéndose pacientemente.
Recuperar el corazón del bosque
es nuestro horizonte, quitarle el hielo que lo materializó y devolverle la
calidez del respeto, la gratitud y la honra que es ser un tejido viviente. Encender
la vieja sabiduría que habita en nosotros, hechos de árboles milenarios, de
animales intuitivos, de plantas que saben adaptarse para seguir creciendo. Y en
esa mirada vaciarnos, despejar nuestros propios cuerpos de la misma forma en
cada piedra limpia el río. Recuperar el bosque es rescatarnos a nosotros
mismos, nuestra propia paz, alegría y bondad con la que nace la vida. Ser
guardianes de este bosque, guardianes de la red, de mantener la sana
vinculación que permite que transite la vida, es la nobleza de nuestra Tierra, y
de nosotros como hijos e hijas de ella.
