jueves, 3 de junio de 2021

Sensibilidad versus Dramatismo

 

Percibir la realidad emocionalmente es un regalo que te das tanto ti mismo/a como a quienes te rodean. Poder expresar y describir con prolijidad la evolución de un sentimiento, registrando cómo se origina, qué despierta internamente y qué incita en nosotros, requiere de una agudeza perceptiva y de una motivación explícita de autoconocimiento a modo que facilite tan íntima relación con el propio mundo emocional. El tránsito de las emociones, particularmente cuando éstas son intensas, en ocasiones genera confusión al transformarse en una experiencia que aparentemente nos hace “sentir vivos/as”, razón por la cual, algunas personas o nosotros mismos en determinadas etapas de la vida, creamos y co-creamos situaciones que inmediata o eventualmente desencadenan una intensidad emocional, relacionándonos con nuestra existencia de tal manera como si ese “sentir” fuese una droga. A veces, es inevitable dicha intensidad, como cuando recibimos el impacto de una noticia en la que alguien fallece o nace, pero hay otras intensidades que sí son evitables, como cuando escuchamos música sentimental o permanecemos en la desconfianza para incitar permanentemente nuevos conflictos “acalorados”. Cuando hay un interés personal, consciente o inconsciente, sobre alguna emoción que se esté originando, comenzamos a desvirtuar nuestra sensibilidad iniciando así la construcción de un drama.

La diferencia más significativa entre ser sensible o dramáticos, tiene que ver con que la primera te conecta con la vida y crea a largo plazo una mayor confianza y fortaleza en uno mismo como canal perceptivo. Al ser sensibles nos reconocemos en unidad con lo que experimentamos y lo que surge internamente en nosotros. A través de ello, somos capaces de dar una respuesta coherente a lo que acontece a nuestro alrededor. En cambio, en el dramatismo nos debilitamos, nos quita poder, pues tiende a ser una reacción exacerbada por la propia mentalidad e historia de vida de cada persona. Ahí deja de ser una lectura de la realidad, sino más bien una sobre interpretación o distorsión de ésta, sesgada por el propio lente herido de quien observa. Y aquí cabe preguntarse: ¿Podemos reconocer cuándo somos dramáticos y cuándo somos sensibles o insensibles?

Sentir - Catalina Cartagena (@catalinagena)

Hoy en día es más fácil ser dramático que sensible. Exagerar o inventar una emoción como cuando nos preguntan “¿cómo estás?” y respondemos automáticamente “bien”, es una forma de relacionarnos superficialmente, con la que tal vez logramos ser funcionales por un momento, pero a costa de resguardar la distancia, cerrando la puerta hacia una real interacción, de verdadero involucramiento e impacto recíproco. Además, podemos apreciar que dentro de la sensibilidad usualmente se guardan verdades que nos sorprenden; en cambio en el dramatismo, se respaldan mentiras ya conocidas, como por ejemplo, cuando en el romanticismo se tiende inequívocamente al fatalismo: “sin ti no soy nada”. Si bien la mayoría de las veces el carácter dramático se sitúa en las emociones negativas, no son excluyente las emociones positivas, un “¡hola bella/o!” a cada persona que se nos cruza en el camino, también puede estar profundamente desconectado del otro/a.

El requisito para ser sensible es ser honestos, mientras que para ser dramático se requiere estar herido. ¿Puedes notar la diferencia en ti?, ¿la diferencia en qué es lo que realmente sentimos y qué es cosecha propia? En la sensibilidad solemos encontrar una lección de vida, mientras que el drama parece ser un cuento reiterativo. La sensibilidad nos invita a cambiar, a ver las cosas de otra forma, profundizar nuestra mirada, flexibilizar nuestras formas de ser. En el dramatismo, es el mismo personaje que nos creamos de nosotros mismos y de los otros, y que busca repetir las "escenas" en su vida para seguir tal cual como está.

Para reconocer en qué punto estamos, necesitamos silencio. Respirar conscientemente y permanecer un rato así. Decantar nuestros pensamientos, observar nuestras emociones, situándonos en el vaivén de nuestra respiración. Este es nuestro "punto 0”, desde donde poco a poco podemos volver a comprendernos y organizarnos, sosteniendo el horizonte de aquello que anhelamos para nosotros mismos. Tal vez en el drama contamos con mayor audiencia, mas sin duda en nuestra sensibilidad encontramos mayor y verdadera claridad.