Muchos de nosotros hemos escuchado frases como: “Esa persona es extraña”, o “me gustaría ser más normal”, “es que siempre he sido raro”, etc. Pareciera que la normalidad es un lugar seguro, de sujetos predecibles, que están alineados con los patrones que sostienen la mayoría de las personas en un determinado entorno… pero ¿qué pasa cuando ese entorno no es saludable? ¿es bueno ser normal?. Independiente del contexto, aspirar a la normalidad es aspirar a una versión limitada de nosotros mismos, una que se ajusta a las convenciones sociales preestablecidas y que no necesariamente tienen un sentido personal para los individuos que las replican en el presente.
Si bien como humanidad tenemos muchos atributos que compartimos entre todos como especie, la maravilla de la creación nos muestra que no hay un individuo que sea exactamente igual a otro, ni física ni psicológicamente, siempre hay un elemento original en cada persona que resulta saludable que sea expresado de manera coherente y respetuosa consigo mismo y su entorno. Hay quienes se distinguen por su estilo, por sus facciones, por sus creencias, por sus comportamientos, etc. Cuando alguien inicia la travesía de explorarse a sí mismo: sus gustos, potencialidades, limitaciones, patrones, etc. inevitablemente llegará un momento en que desafiará “a la norma”. Tal vez comience a convertirse en una persona distinta a la que su entorno esperaba, quizás rompa una tendencia familiar, quizás sus decisiones difieran de la mayoría, o puede ser que se atreva a dar con total honestidad sus puntos de vista en vez de acomodarse para no inquietar.

Dentro de un marco saludable, tornarse rebelde, es condición necesaria para quienes buscan ser plenamente auténticos consigo mismos. Lo que puede traer importantes costos sociales como ganarse un manojo de juicios y críticas externas, pero quienes toman ese paso conscientemente, saben por qué lo están haciendo. Lo hacen por dignificarse a sí mismos, para honrar su camino interior, por desear coherencia para sí y para las generaciones venideras, por creer en un mundo sincero, humano y menos superficial o ligado a las apariencias. En su determinación por ser quien realmente son, no solo es liberador para ellos, sino que estimulan a que quienes les rodean, también se regalen a sí mismos la libertad de expresarse sin temor, dejando de alimentar a sus personajes y optando por nutrir a la persona que honestamente son (con sus luces y sombras). Es un acto de confianza y plenitud, donde pareciera que se puede perder mucho, pero sin duda se gana mucho más; la fuerza interna que cultivan esas personas que toman tal camino, comienza a crecer de manera proporcional a su satisfacción. Recuperan su independencia emocional, pues ya no persiguen la validación ajena ni a una imagen social específica que consagre su éxito. Priorizan su conexión interna, un estado de bienestar que no solo se ve, sino que principalmente se siente. Pues tales individuos saben que a eso vinieron: a sentir la dicha de ser una vida única, original y maravillosa, la dicha de estar plenamente vivos.