Este es mi sueño: aprender, aprender, aprender, todo lo que
necesito, tanto como pueda, para poder aportar a la formación de personas
comunitarias. La verdad, no sé si existe formalmente este término, pero yo creo
en él. Y creo no solamente como un ideal romántico, sino también como una
necesidad concreta hacia donde nos guían todas nuestras dimensiones de
desarrollo humano: mental, emocional, moral, espiritual, inclusive física. Lawrence
Kohlberg, por ejemplo, al describir los estadios de desarrollo de la moral humana,
relata que en última instancia el individuo es capaz de alcanzar una
perspectiva universalista en cuanto a su concepción de justicia, basándose en
la igualdad de los derechos humanos y el respeto por la dignidad de las
personas como individuo, valorándolas como fines en sí mismas. Esta percepción
de la moral es autoescogida y está por encima de cualquier mandato
institucional, estructura social o creencia cultural. Su obediencia a las leyes
se da en la medida en que éstas concuerden con una noción de justicia
universalista (Barra, 1987). Asimismo, James Fowler, cuando apela a la fase
final del desarrollo espiritual, también llama a los individuos que alcanzan
dicha etapa “universalistas”, caracterizándolos por su espíritu de comunidad
humana inclusiva y realizada, extendiendo su percepción de comunidad hacia lo
universal, donde la particularidad se reconoce como un vehículo de ello. Este
tipo de personas, se aprecian en su compañerismo presente en todas sus
relaciones independiente de las diferencias que pueda tener con los otros, y de
igual manera resultan ser subversivos a las estructuras sociales (González,
s/a). En cuanto al desarrollo cognitivo, poco a poco se complejizan nuestros procesos
mentales, incentivando el alcance de mayores niveles de abstracción, lo que
posibilita un mejor reconocimiento de la
interrelación y unidad en la diversidad de lo humano. Y esta misma unidad,
desde lo afectivo, se experimenta en la
contención que se brinda desde el nacimiento para ir lentamente posicionándonos
y reconociéndonos como individuos, lo que se desarrolla desde la
experimentación de confianza hasta la articulación de nuestra identidad, para
pasar después a etapas de mayor intimidad con otro, y culminar con la entrega
de lo recibido hacia las futuras generaciones. Es así como se van ampliando
nuestras relaciones significativas, desde la madre, a los padres, los amigos,
la pareja, la familia hasta llegar a la humanidad. (Boeree, s/a).
Ahora, lo que resulta tan coherente desde lo formal, ¿por qué cuesta
tanto apreciarlo en el día a día? Creo que el aprendizaje fundamental tiene ver
con nuestra capacidad de amar, como dirían autores como Enrique Barrios, de
“ser amor”, y a veces rechazamos esta simple idea restándole valor por “a, b, c”
motivo para desacreditar esta REAL posibilidad. Conectarse con el ser en vez
del parecer, darme el tiempo para reconocer honestamente cuáles son mis propias
resistencias para vivir permanentemente desde el amor. Quizás se podría hablar
de una “persona universalista” lo que no estaría mal tampoco, pero desde mi
experiencia en diferentes comunidades, creo que a nivel de vinculación, entendernos
como una gran comunidad, genera mayor cercanía. Este concepto a nivel
académico ha ido trascendiendo su limitación física cuando se puntualiza en la
creación de comunidad desde el espacio abstracto donde las personas plasman sus
afectos y significados, hasta llegar al punto en que los aspectos que más se
distinguen hoy dentro de una comunidad, refieren a elementos subjetivos que
remiten sobre aquello que pueden compartir los individuos: relaciones,
valoraciones, representaciones, etc. (Krausse, 2001).
El reconocimiento de la comunidad de la que todos formamos parte, se
percibe como el proceso vital hacia el que cada uno puede evolucionar. En éste,
la influencia de nuestra formación y cultura es fundamental para abrirnos o
cerrarnos a dicho estado del ser. El conjunto de creencias y prácticas que
sostiene nuestro alrededor donde crecemos, puede tender o no hacia la inclusión
e integración comunitaria. Valorar la cualidad y calidad de nuestros vínculos,
estimula el fortalecimiento de una perspectiva comunitaria trascendente al ir
más allá de las diferencias entre nuestras estructuras de vida ya sea
individual o colectiva. Apreciar a cada quién como representante de la
complejidad que somos todos, incita al trato justo, igualitario y digno que
resulta necesario para la creación de la armonía social.
Referencias
Barra, A. (1987). El Desarrollo Moral: Una Introducción a la
Teoría de Kohlberg. Revista Latinoamericana de Psicología. Vol. 19. Pág.
7-18. Fundación Universitaria Kohrad Lorenz. Bogotá, Colombia.
Boeree, G. (s/a). Teorías de la Personalidad Erik Erikson.
Traducción Rafael Gautier. Departamento de Psicología. Universidad de
Shippensburg. Pensilvania. Estados Unidos
González, R. (s/a). Desarrollo Espiritual, Síntesis de la Teoría
de James Fowler. Universidad Diego Portales. Santiago de Chile.
Krausse,
M. (2001). Hacia una Redefinición del
Concepto de Comunidad, Cuatro ejes para un análisis crítico y una Propuesta.
Revista Psicología Universidad de Chile. Santiago de Chile.
