jueves, 14 de septiembre de 2017

Persona Comunitaria

Este es mi sueño: aprender, aprender, aprender, todo lo que necesito, tanto como pueda, para poder aportar a la formación de personas comunitarias. La verdad, no sé si existe formalmente este término, pero yo creo en él. Y creo no solamente como un ideal romántico, sino también como una necesidad concreta hacia donde nos guían todas nuestras dimensiones de desarrollo humano: mental, emocional, moral, espiritual, inclusive física. Lawrence Kohlberg, por ejemplo, al describir los estadios de desarrollo de la moral humana, relata que en última instancia el individuo es capaz de alcanzar una perspectiva universalista en cuanto a su concepción de justicia, basándose en la igualdad de los derechos humanos y el respeto por la dignidad de las personas como individuo, valorándolas como fines en sí mismas. Esta percepción de la moral es autoescogida y está por encima de cualquier mandato institucional, estructura social o creencia cultural. Su obediencia a las leyes se da en la medida en que éstas concuerden con una noción de justicia universalista (Barra, 1987). Asimismo, James Fowler, cuando apela a la fase final del desarrollo espiritual, también llama a los individuos que alcanzan dicha etapa “universalistas”, caracterizándolos por su espíritu de comunidad humana inclusiva y realizada, extendiendo su percepción de comunidad hacia lo universal, donde la particularidad se reconoce como un vehículo de ello. Este tipo de personas, se aprecian en su compañerismo presente en todas sus relaciones independiente de las diferencias que pueda tener con los otros, y de igual manera resultan ser subversivos a las estructuras sociales (González, s/a). En cuanto al desarrollo cognitivo, poco a poco se complejizan nuestros procesos mentales, incentivando el alcance de mayores niveles de abstracción, lo que posibilita un mejor reconocimiento de  la interrelación y unidad en la diversidad de lo humano. Y esta misma unidad, desde lo afectivo, se experimenta en la contención que se brinda desde el nacimiento para ir lentamente posicionándonos y reconociéndonos como individuos, lo que se desarrolla desde la experimentación de confianza hasta la articulación de nuestra identidad, para pasar después a etapas de mayor intimidad con otro, y culminar con la entrega de lo recibido hacia las futuras generaciones. Es así como se van ampliando nuestras relaciones significativas, desde la madre, a los padres, los amigos, la pareja, la familia hasta llegar a la humanidad. (Boeree, s/a).

Ahora, lo que resulta tan coherente desde lo formal, ¿por qué cuesta tanto apreciarlo en el día a día? Creo que el aprendizaje fundamental tiene ver con nuestra capacidad de amar, como dirían autores como Enrique Barrios, de “ser amor”, y a veces rechazamos esta simple idea restándole valor por “a, b, c” motivo para desacreditar esta REAL posibilidad. Conectarse con el ser en vez del parecer, darme el tiempo para reconocer honestamente cuáles son mis propias resistencias para vivir permanentemente desde el amor. Quizás se podría hablar de una “persona universalista” lo que no estaría mal tampoco, pero desde mi experiencia en diferentes comunidades, creo que a nivel de vinculación, entendernos como una gran comunidad, genera mayor cercanía. Este concepto a nivel académico ha ido trascendiendo su limitación física cuando se puntualiza en la creación de comunidad desde el espacio abstracto donde las personas plasman sus afectos y significados, hasta llegar al punto en que los aspectos que más se distinguen hoy dentro de una comunidad, refieren a elementos subjetivos que remiten sobre aquello que pueden compartir los individuos: relaciones, valoraciones, representaciones, etc. (Krausse, 2001).

El reconocimiento de la comunidad de la que todos formamos parte, se percibe como el proceso vital hacia el que cada uno puede evolucionar. En éste, la influencia de nuestra formación y cultura es fundamental para abrirnos o cerrarnos a dicho estado del ser. El conjunto de creencias y prácticas que sostiene nuestro alrededor donde crecemos, puede tender o no hacia la inclusión e integración comunitaria. Valorar la cualidad y calidad de nuestros vínculos, estimula el fortalecimiento de una perspectiva comunitaria trascendente al ir más allá de las diferencias entre nuestras estructuras de vida ya sea individual o colectiva. Apreciar a cada quién como representante de la complejidad que somos todos, incita al trato justo, igualitario y digno que resulta necesario para la creación de la armonía social.


Referencias
Barra, A. (1987). El Desarrollo Moral: Una Introducción a la Teoría de Kohlberg. Revista Latinoamericana de Psicología. Vol. 19. Pág. 7-18. Fundación Universitaria Kohrad Lorenz. Bogotá, Colombia.
Boeree, G. (s/a). Teorías de la Personalidad Erik Erikson. Traducción Rafael Gautier. Departamento de Psicología. Universidad de Shippensburg. Pensilvania. Estados Unidos
González, R. (s/a). Desarrollo Espiritual, Síntesis de la Teoría de James Fowler. Universidad Diego Portales. Santiago de Chile. 
Krausse, M. (2001). Hacia una Redefinición del Concepto de Comunidad, Cuatro ejes para un análisis crítico y una Propuesta. Revista Psicología Universidad de Chile. Santiago de Chile. 

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