martes, 4 de septiembre de 2018

¡Aguante el Apoyo Mutuo!

¡Aguante el apoyo mutuo! dijo un poeta que escuché el fin de semana... y me sorprendió; no era por lo que decía, sino más bien por la forma en que lo planteó. No era un poema o tal vez sí, pero fue lo que más me quedó, porque había tanta determinación en su forma de expresar una idea tan simple y necesaria, que me llevó a recordar lo difícil que es sostener un espíritu de colaboración, cooperación y compañerismo en estos días.

Hace un buen tiempo que no había escrito en este espacio aun pensando constantemente sobre qué escribir. Me he perdido unos meses reflexionando sobre cómo los seres humanos nos apegamos a nuestras identificaciones, tratando de encontrar el ritmo en mi propia cotidianidad para poder explicar cómo aquellos elementos con los que nos identificamos y que tanto valoramos, son muchas veces el mayor obstáculo en nuestro crecimiento. Entre vueltas y vueltas apareció lo urgente, lo innegable, lo que me encuentra a mí sin yo buscarlo: ¡Aguante el apoyo mutuo!

Fue la sensibilidad de dicho poeta lo que tradujo al lenguaje local lo que muchos líderes, guías, maestros y filosofías han tratado de mostrarnos, la premisa  que anula todo egoísmo: el otro como yo misma/o, pero a veces es tan difícil comprenderlo que necesitamos “aguante”. La dificultad siempre está en nosotros, en la negatividad que día a día cargamos, en el conjunto de pensamientos, sentimientos, temores, apegos y deseos, que no solo nos alejan del presente, sino que nos aleja -remediablemente- del otro. Esta dificultad, encuentra su aliado en el contexto, inmersos en una cultura individualista y competitiva que se ha encargado de enseñarnos desde pequeños a rivalizar, envidiar, juzgar, dividirnos tal como se dividen los privilegios sociales, a defendernos tal como quien resguarda aquello que llama “mío” aun siendo dado para todos.

Aguantar el apoyo mutuo no es una labor simple por lo que no es posible decirlo sin enunciarlo enfáticamente: ¡aguante el apoyo mutuo! Porque hacerlo implica colocarse a uno mismo en un proceso de re-aprender o de olvidar, para cambiar el lente paradigmático, para abrirnos a nuevas formas de relacionamiento que incluyan el corazón y reserve la armadura mental. La belleza aparece entonces en el respeto, en la capacidad humana un tanto atrofiada para compartir con lo diferente, en la humildad vital cuando nos reconocemos como seres humanos. Cuestionarnos ¿qué me falta o me sobra a mí para sostener el apoyo mutuo, realmente mutuo…? Puede abrir en nosotros la posibilidad de crear una realidad integrada, enriquecida, una nueva liviandad y confianza en la vida, en aquella vida que está en nosotros mismos y nos hace únicos, y en la vida que nos rodea y misteriosamente nos sorprende.


Aquí les dejo un cuento que lo he usado muchas veces para fomentar relaciones comunitarias:

Hace mucho tiempo en un pueblito había un taller de un carpintero. Un día, durante la ausencia del dueño, todas sus herramientas de trabajo celebraron un gran consejo. La reunión fue larga y animada... Se trataba de excluir de la distinguida comunidad de las herramientas a un cierto número de sus miembros. Uno tomó la palabra y dijo:

-         -"No podemos tener entre nosotros al hermano Cepillo: tiene carácter cortante y puntilloso, que pela y rebaja todo lo que pilla”.
-  El hermano Martillo –protestó otro- tiene un temperamento fuerte y violento. Yo diría que es un pesado. Su modo de golpear constantemente es irritante y pone nervioso a todos. ¡Expulsémosle!”     Otro intervino para decir: 
-“Tenemos que expulsar a nuestra hermana la Sierra, porque muerde y hace rechinar los dientes. Tiene el carácter más mordaz y desagradable de la tierra”.
- “¿Y los clavos? ¿Se puede vivir con gente tan punzante? ¡Que se vayan! Y que también se vayan con ellos la Lima y la Escofina. Vivir con ellos es un roce continuo. 
-¡Y echemos también a la Lija, cuya única razón de existir parece la de arañar al prójimo!”

Así discutían cada vez con mayor animosidad las herramientas del carpintero. Hablaban todas ellas a la vez. El martillo quería expulsar a la lima y al cepillo; estos por su parte, exigían la expulsión de los clavos y el martillo, y así sucesivamente. Al final de la sesión, todos habían expulsado a todos.
La reunión fue bruscamente interrumpida por la llegada del carpintero. Todas las herramientas callaron cuando lo vieron acercarse a la mesa de trabajo. El hombre tomó una tabla y la serró con la Sierra mordaz. La cepilló con el Cepillo que rebaja e iguala todo lo que toca. La hermana Hacha que corta con fuerza, la hermana Escofina con su lengua áspera, la hermana Lija que araña y raspa, todas entraron en acción inmediatamente después. El carpintero tomó después a los hermanos Clavos con su carácter punzante, y al martillo que golpea y machaca. Se sirvió de las herramientas de mal carácter para fabricar una cuna, una hermosísima cuna que habría de acoger a un niño que estaba a punto de nacer, era una hermosa cuna que acogería una nueva vida.

jueves, 18 de enero de 2018

¿Entrar en razón o equilibrar la razón?

¿Cómo explicar lo limitada que es la razón como única manera de percibir y ordenar nuestro  mundo? ¿Cómo poder hacerlo si vivimos en un contexto cultural donde se la ha dado culto a la racionalidad? fomentando prácticas constantes que priorizan el intelecto por sobre cualquier otra manera de acercarse a la realidad, frente a lo cual algunos podrán preguntarse... ¿hay otras?  ¿De qué manera entonces sacamos a alguien de su cabeza para invitarle a ponerle fin a la era patriarcal en su mundo mental? Y si de verdad no hemos desarrollado otras maneras de desenvolvernos en el mundo que ponga en silencio nuestras ideas y creencias, entonces es esperable que nos desorientemos, como la caída de una torre, como ir a sentarse en un silla que ha sido corrida; si durante gran parte de mi vida me he refugiado en lo que pienso, salir de ahí es abrirse a lo nuevo, a lo nuevo de mi misma/o y de mi realidad.

La intuición es ese espacio que nos habita desde el silencio, responde a nuestra sensibilidad pero no necesariamente a nuestros sentimientos. Conectarnos con nuestra intuición, es reconocer lo que nos enseña nuestro propio silencio. La intuición a diferencia de la razón, no reconoce temporalidad, solo accedemos a ella en el eterno presente, y si nos mantenemos unida a ella permanentemente, es posible que aprendamos a moldear nuestro ego, nuestro carácter, nuestra personalidad, hacia un camino mucho más saludable que aquel hacia donde nos lleva la neurótica razón. Entrar en razón, “ponerle cabeza” a los asuntos, es un ejercicio maravilloso, una de las facultades más potentes del ser humano, mas habitarnos a nosotros mismos exclusivamente desde ahí, es rechazar la vida en su belleza y constante incertidumbre.

Históricamente, ha sido el territorio de mujeres, abuelas, “brujas”, locos, niños, y cualquier otra figura que no sea el “hombre adulto perfecto” ícono del patriarcado. Sólo basta mirar a nuestro alrededor y dar cuenta de cuánto nos ha dañado este paradigma, como humanos, como comunidad y con nuestra tierra. Despertar la intuición significa proporcionar nuestra razón, darle un lugar mas no la totalidad de nuestro ser. Implica desarrollar una relación profundamente honesta con nosotros mismos, para poder distinguir entre lo que va sucediendo de lo que voy proyectando. Es la invitación a reconocer nuestra dimensión trascendente, nuestra conexión ineludible con lo que  me rodea, elemento clave para una comunión con nosotros mismos y los otros. Solo basta bajar un poco el volumen mental, ampliar nuestra atención más allá de nuestros pensamientos, cuidar nuestro cuerpo como el canal físico donde la intuición se manifiesta, es una redención desde la jaula mental hacia la vida plena que somos. 



"El pensamiento racional tiene gran utilidad para la vida práctica, pero impide el acceso a formas de conciencia más elevadas y a experiencias que nos conectan con lo Absoluto. (...) Para captar el sentido profundo, el alma de las cosas, su dimensión oculta y trascendente, es necesario recurrir a la visión intuitiva, no contaminarla por la experiencia previa, desligada de los datos archivados en el cerebro. La mirada profunda debe ser nueva, inocente, pero el intelecto se apodera de lo observado y tiende a clasificarlo, a compararlo y a ordenarlo según sus datos acumulados y según su lógica, descartándole aquello que excede sus dominios cognoscitivos. Así, lo nuevo se hace viejo, lo puro se contamina y lo profundo se vuelve superficial.”
Enrique Barrios, El Maravilloso Universo de la Magia.

sábado, 13 de enero de 2018

Verticalidad v/s Horizontalidad

Cuando la competencia es el elemento fundamental para el desarrollo de un país, se incentiva inmediatamente una distorsión de nuestros vínculos con los otros. Cuando nos acostumbramos a tratarnos como “clientes” -particularmente en Chile donde la mayoría de nuestras acciones son un acto de consumo-  resulta fácil olvidar que antes que todo somos seres humanos. La lógica de “si yo estoy pagando por esto” o “tengo derecho a”,  la podemos reconocer desde la misma Conquista, cuando el hombre occidental se adjudicó a sí mismo una posición superior sobre el indígena como poseedor de la verdad, estructurando impositivamente sus creencias y pautas de vida, sin dialogo, sin escucha, sin empatía, sin respeto, sin humildad.

Entonces aprendimos que estar arriba es mejor que estar abajo. Estar arriba no sólo implica que tendremos más privilegios y reconocimientos, como recursos, protección y redes, sino que convierte a mi semejante en mi “legitimo servidor”, ya sea porque le pago o porque simplemente posee ciertas características que reflejan una posición distinta.

Sin embargo, desde una mirada más humana y espiritual, es posible realmente comprender que para que yo crezca es imprescindible que el otro también lo haga, de ahí nace la necesidad de enaltecer al otro, donde la única grandeza se refleja en mi capacidad de vinculación, siendo este vínculo amoroso, respetuoso, inclusivo con todos y todo lo que me rodea. La visión fragmentada de nuestro sistema de vida se proyecta dentro y fuera de nosotros. Siendo la misma visión que pone su atención más en el resultado que en el proceso, que instrumentaliza a los otros y que crea finalmente complejas enfermedades psíquicas y/o psicosomáticas .



Por ello olvidamos que “estar arriba” es la mayor de las responsabilidades, la “altura” debe ser equiparada con sensibilidad, donde el mayor enseña a respetar al menor a través de su propio respeto. Si reconozco frente a otro que mi perspectiva es más amplia o que mis recursos son mayores o que poseo mayores privilegios, entonces creo que es un deber existencial preguntarnos cómo puedo equilibrar lo que recibo con lo que puedo dar. Porque no vivimos solos, porque hay una gran familia que se llama humanidad, una sola casa llamada Tierra, y si en verdad quiero crecer en inteligencia y bondad, requiero verme permanentemente en relación con los otros y toda la realidad social, cultural y natural que me posibilita. Gracias a un país, sale electo un presidente, gracias a una familia, existe el padre de ésta, gracias al reconocimiento de la gente es que emerge el líder, gracias a que el otro sea otro yo soy yo. Entonces la distancia que puedo colocar con otro, no es más que la distancia que hay en mí mismo/a, en mi propia comprensión de quién realmente soy y lo que necesito, entre mi propio ego y mi ser, entre mis heridas, temores y fantasías y la versión sana y plena de mí.     


Links de interés asociados:
Voces de la Tierra, Eugenio Carutti
https://www.youtube.com/watch?v=Kb-FwSlgDl4
El Poder de la Vulnerabilidad, Brené Brown
https://www.ted.com/talks/brene_brown_on_vulnerability
Claudio Naranjo y una Educación Sanadora
http://www.futuro360.com/data/2017/12/29/noticia-3.html