martes, 29 de diciembre de 2020

La Belleza de un Tránsito Incierto


Transitar hacia un cambio de vida implica atravesar una crisis, una especie de túnel donde se produce la transformación necesaria para pasar de un estado mental a otro, idealmente de mayor amplitud y perspectiva. Muchas veces este tránsito no es fácil, pues cambian nuestros puntos de referencias internos y externos, a lo que solemos como seres terrenales, estar muy apegados/as, por lo que la sensación de muerte y finitud de un periodo, podría ser vivido para algunos como algo catastrófico, pero también para otros, puede ser mas bien algo liberador. Mas allá de la connotación que se le atribuya a este procesar, el trayecto a recorrer parece inevitable, inclusive una constante a la que cada cierto tiempo volvemos a ser interpelados a experimentar. Desde nuestra historia de vida, personalidad y cultura, podemos encontrar diversos recursos y maneras de significar estas experiencias para darle mayor fluidez; hay ciertas actitudes y prácticas que afortunadamente auguran un tránsito auspicioso para quienes viven dichos procesos de profundos cambios, entre éstas: flexibilidad, escucha activa, confianza, intuición, comunicación, etc. no obstante, nada de ello será suficiente sino aprendemos aceptar la permanente incertidumbre que habitamos. 

                       
               

En una sociedad que promueve el ímpetu material generando una falsa promesa de éxito y felicidad por medio de la conquista de posesiones y accesos, es esperable que desarrollemos la sensación de que “mientras más cosas fijas tenemos, mayores serán entonces nuestras seguridades”, creándonos así una perspectiva donde no cabe la propia vida, estructurando un sistema que trae más enfermedad que salud. Desde occidente nos han inculcado que el mal o lo negativo está afuera de nosotros/as mismos/as, en otro, en ciertas personas o en una condición, mas de a poco comprendemos que la mayor oscuridad está dentro de nosotros mismos, en nuestro propio inconsciente y en el rechazo cuando no queremos traer lo que allí habita hacia la luz de la consciencia. Quienes desconocen cómo relacionarse amorosamente con la incertidumbre, están auto-destinados a sufrir o al menos a permanecer en la negatividad. La belleza de este tiempo, es justamente que nos vemos interpelados/as a aprender a relacionarnos sabiamente con lo incierto, a descubrir las maneras en que ello no se transforme en amargura, queja o rabia, sino más bien, en todo lo contrario, en una oportunidad para valorar lo que hoy tenemos y en ese aprendizaje encontrar las formas de retornar al cuidado de lo esencial.

Volver a lo conocido es un reflejo humano cuando la inseguridad, ansiedad o el temor apresa, pero no debemos olvidar que la vida es siempre nueva, que no hay rutina que la atrape ni sistema que la controle por completo, el aire y el agua deben entrar, y eso cambiará nuestras emociones, también nuestras ideas y nuestros modos de andar, porque eso es lo que somos: la belleza de un tránsito incierto.


"Atravesamos desiertos, glaciares, continentes
El mundo entero de extremo a extremo
Empecinados, supervivientes
El ojo en el viento y en las corrientes
La mano firme en el remo
Cargamos con nuestras guerras
Nuestras canciones de cuna
Nuestro rumbo hecho de versos
De migraciones, de hambrunas
Y así ha sido desde siempre, desde el infinito
Fuimos la gota de agua viajando en el meteorito
Cruzamos galaxias, vacío, milenios
Buscábamos oxígeno, encontramos sueños"

Jorge Drexler, Movimiento.

martes, 22 de septiembre de 2020

El Valor de la Herida

Hablar de valor se puede asociar a múltiples significados en nuestro espacio mental, desde el coraje que se requiere para emprender una acción, o la estructura ética que posee una persona, o el precio que posee un determinado producto o servicio. Si apreciamos la cantidad de veces que recibimos en un solo día distintos mensajes para consumir, ya sea a través de la televisión, las propagandas en las calles o en el mismo celular y las redes sociales, resulta coherente que surja la idea de que nuestro valor personal se asemeja a una acción de la bolsa de mercado, que dependiendo de las circunstancias ésta puede subir o bajar. Es fácil desde ahí vernos a nosotros mismos como capital y creer que tenemos que hacer algo para convertirnos en un producto más atractivo.

La valía personal, es mucho más profunda que cualquier elemento que creamos tener. No guarda relación con qué tan bien calzamos en un modelo de éxito impuesto, ni con las cosas que tengamos. La valía está en nuestra forma de ser, porque esta es única y traspasa todos los patrones y condicionamientos que recibimos desde nuestro nacimiento.

La valía personal se aprecia en la manera en que reconocemos y cómo enfrentamos nuestras heridas. Si aún no mantenemos la templanza ante ellas, es que todavía hay algo que rechazamos de nosotros mismos, ya sea a través de la culpa, el resentimiento, la frustración, e inclusive la indolencia. Cuando no aceptamos nuestra vida tal como es, reflejamos entonces la confianza que hemos perdido en nosotros mismos.

La valía siempre está presente, pero la podemos observar según nuestra capacidad de amarse a uno/a mismo/a. De querer comprender cada sensación propia, de darnos el tiempo y la presencia que se requiere para explorar respetuosamente nuestro territorio interno. Una vez integrada esta forma de relacionarse con uno/a mismo/a, nuestro valor prescinde de halagos o críticas, siendo la coherencia el elemento que brinda el soporte esencial para permanecer en equilibrio. Es paradójico cómo a veces buscamos afuera algo que destaque el sentido personal, cuando éste muchas veces habita como un tesoro bajo nuestras cicatrices emocionales, donde el brillo emerge de nuestra capacidad para re-conectarnos. Hay muchas formas para ello, abrirse a una buena conversación, darse un espacio de instrospección, más lo principal es ser honesto con nosotros/as mismo/as.

 

“…para empezar a curarte, deja de engañarte pensando que un pequeño placer equivocado te curará la pierna rota. Di la verdad acerca de tu herida y entonces comprenderás el remedio que le tienes que aplicar. No llenes el vacío con lo que te resulte más fácil o lo que tengas más a mano. Espera a encontrar la medicina adecuada. La reconocerás porque tu vida será más fuerte y no más débil.”

Mujeres que Corren con los Lobos

Clarissa Pinkola Estés. 

lunes, 13 de julio de 2020

Ritmo, Vida y Confianza.


¿Puedes apreciar el ritmo presente que hay en cada elemento de la vida? En la sucesión del día y la noche, en la transición de cada etapa evolutiva, en el transcurrir de las estaciones del año, en las fases de la luna, en el movimiento del mar, etc. ¿Puedes apreciar el ritmo presente en ti? En tu propio ciclo de sueño y vigilia, en las rutinas alimenticias, en las necesidades de socializar e interiorizarse, incluso en el devenir de las propias emociones, la actividad mental y las conductas que devienen de ello.


Si creemos que la racionalización es la única manera de entender, aprehender y relacionarnos con el mundo, es probable que neguemos la valiosa información que otorga la sensibilidad, y no me refiero al sentimentalismo, sino más bien a la capacidad de agudizar nuestros canales orgánicos perceptivos como también intuitivos para recibir certezas de aquello que acontece y que no puede ser acogido por el filtro de la racionalidad. Es esta disposición a sentir lo que nos permite conectar con los ritmos sutiles tanto internos como externos que se presentan en nuestro día a día. Para llevar armónicamente cada ritmo, es primordial cultivar el respeto hacia las necesidades que éstos presentan. Conocer esta cualidad tanto en nosotros como en los otros, nos reitera que la vida no es necesariamente aquello que deseamos que sea, sino más bien posee su propio flujo que trasciende cualquier apego o fijación respecto a nuestros deseos y expectativas. En múltiples ocasiones, solo por la dificultad de no saber aceptar y respetar un ritmo, creamos consecuentemente nuestro propio conflicto o sufrimiento.

Hoy en día, estamos viviendo una gran crisis que repercute en términos económicos, sociales, sanitarios, educacional, político, ecológico, etc. En este escenario, se vuelve fundamental reconectar con cada ritmo, ya que solo desde ahí encontraremos la confianza necesaria para sostenernos frente a la tensión provocada por la caída de distintos paradigmas, sistemas, ideologías e instituciones en este momento de crisis. La cultura patriarcal ha impuesto un ritmo sobre la propia vida, ha fallado en generar el respeto necesario para que la misma vida mantenga su equilibrio al priorizar la productividad como principio regulador, mientras que cada crisis nos interpela a reconocer qué es lo verdaderamente importante: la vida.

Nuestro primer espacio de conexión con el ritmo vital es nuestra respiración, respirar conscientemente puede ser el primer acercamiento para reconocer el impacto que tiene el ritmo en nosotros mismos, en nuestra salud física, emocional y mental. El aire que podemos llevar a lo hondo de nuestro cuerpo no sólo irá destensando la musculatura, sino además comenzará a permearnos debilitando la rigidez junto al exceso de ruido mental. Gracias a este ejercicio de conexión interna, se fortalece nuestra capacidad de conectar con los otros y nuestro entorno, lo que es posible sostener mediante la práctica. Desarrollar este silencio interno, potencia la lucidez que permite diferenciar lo necesario de lo impuesto, lo proyectado de lo que realmente es, la reacción del suceso. Y desde ahí, nos renovamos a través de esta perspectiva y sabiduría, que facilitará la creación de nuevas ideas, nuevos sistemas y formas de vida que esta vez sí conserven el equilibrio y abandonen el egocentrismo. Para ello, tendremos que desanclar nuestros apegos, limpiarnos de las expectativas irreales de cómo sería una vida perfecta, y encontrar en nuestro aprendizaje permanente y cotidiano, la perfección.

¿Respetas tu propio ritmo? Esas necesidades más profundas que no caben dentro de ningún mandato social o cultural, tan propias que no hay alguien más que pueda atenderlas. Más allá de lo que queremos ser, está lo que realmente somos. Más allá de lo que queremos obtener, está lo que honestamente necesitamos. ¿Puedes escucharte? Habrá un ir y venir, un momento para cada cosa, será el proceso lo que solicitará nuestra total presencia, el tiempo perderá su noción, y en esa capacidad de atender, de estar aquí, recuperaremos la confianza, nuestro vehículo esencial para ir hacia adelante… será como un único palpitar que resuena dentro y fuera de nosotros para que cuando cae lo conocido, sepamos desplazarnos en lo incierto. No perdamos este ritmo universal que nos sostiene y compartimos.    




"El paso que necesitamos dar en este momento, es educarnos en el saber y sentir que pertenecemos y somos en una Vida Mayor que nos vincula y que solo en consciencia haremos el proceso personal a tomar nuestra responsabilidad en esto, sabiendo que con nuestros pensamientos y acciones afectamos a toda la trama viviente, porque todo está interrelacionado y que desde cada uno creamos el mundo cada día, que cada existencia significa, importa, que no da lo mismo, y que es nuestra misión y sentido aportar desde el estado personal al quehacer cotidiano para que esto se vaya desplegando en las sociedades e instituciones"

Patricia May

sábado, 30 de mayo de 2020

Somos Amor


Como un secreto palpable que se revela solo a quienes están dispuestos a ver. Sostiene el funcionamiento de la existencia, aunque sea grande nuestra dificultad para reconocerlo. Estamos hechos de Amor, somos producto del mismo, y nuestra misión/deber es continuar su propagación de la forma particular que deviene de la esencia de cada uno. ¿Qué daño nos ha hecho nuestra cultura para desacreditar tal entendimiento?, ¿Dónde o en qué momento has experimentado la sutil certeza de ser parte de un Todo?

Repetirnos a nosotros mismos “Yo soy el Amor” es uno de los ejercicios de sanación más potentes que permite transmutar positivamente nuestros estados mentales, emocionales, también físicos. Distintas corrientes espirituales encuentran en esta enunciación un puerto común; no obstante, como decía el poeta persa Rumi, ¿cuántas resistencias hemos creado para no aceptar esta afirmación? Tal vez, demasiadas. No es necesario tener una definición exacta de Amor para poder tomar consciencia de su presencia en nosotros mismos. Es sabido que nuestro entendimiento racional es primeramente, solo una de las múltiples formas que tenemos para percibir la realidad, pero si aún así, queremos aferrarnos a un argumento lógico para abrirnos a la posibilidad de que es esto y nada más lo que realmente somos, tenemos que dar cuenta simplemente que nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo va cambiando constantemente de acuerdo a nuestros procesos de madurez, dado por muchos factores tanto orgánicos como la propia historia de vida, por lo que quizás para algunas personas, aquello que fue Amor a los 15 años, será algo muy distinto a los 40 o a los 80 (aunque no necesariamente tiene relación con la edad). La intuición, en este sentido, es mucho mejor guía para encaminarnos a auto-revelarnos la fuente viva del Amor que somos.


"Anclarse al Amor"
Artista: María la Colorina

Confiar en ese pulso de Amor que nos habita fortalece inmediatamente el amor propio (y consecuentemente el sistema inmunológico), otorga la claridad necesaria para observar todos los aspectos de nosotros mismos intencionando su valoración; es decir, articula cada experiencia desde la luz que nos brinda, ya sea porque a través de ellas podemos disfrutar, como también por los momentos en que podemos aprender, aunque a veces duela bastante. Ese Amor que nos constituye es el catalizador de cada día, y en la medida en que creemos en este estado/vibración vital, nos permite conectar con espacios, personas o situaciones que reflejan su presencia, como el amanecer de cada día. Olvidar o negar el Amor que Todos Somos, conlleva a que nos sentemos cómoda e ilusoriamente en nuestras negatividades, a que sostengamos con soberbia, dejazón o vanidad nuestras defensas como quien rechaza apreciar a su propio cuerpo desnudo, y a lo largo, va creando el camino de la enfermedad y la insatisfacción.

Por ello, te invito a recordar el milagro que somos. A sostener desde el estómago, el pecho o las plantas de los pies, esta energía que nos creó y a su vez nos sostiene sin reclamarnos. Es imposible desde ahí no despertar la fe, acrecentar la confianza en la propia humanidad, permitir que el río de nuestras emociones decante en el más sincero perdón. Desde ahí, es imposible no renacer, llegar al más hondo respirar que luego nos levanta hacia un nuevo comienzo, a un nuevo amanecer, en el que esta vez sí sabremos valorar y cuidar.




Esta frase está puesta en la primera entrada de este Blog, mas siempre es oportuno tenerla presente:

"El amor es la fuerza que mueve al universo, el día de la vida, la noche de la muerte, y el nuevo día después de la muerte. El fulgor de este universo nos envía un mensaje de amor, y nos dice que toda la creación procede del amor, que el amor impulsa la evolución, y que una vez llegado a su fin, el amor devuelve todo a la eternidad. Y del mismo modo que la mente racional percibe que toda materia es energía, el espíritu percibe que toda energía es amor, y todo en la creación puede ser una ecuación matemática para la mente, y un canto de amor para el alma. El amor conduce a la luz..." 
(Don Joan Mascaró, filósofo y poeta orientalista.)

lunes, 23 de marzo de 2020

Las creencias que llevamos puestas: nuestro recurso vivo ante las crisis.

Observa lo que crees y reconocerás cómo te sostienes
Observa cómo lo practicas y reconocerás qué tan fuerte es tú soporte.

En tiempo de crisis lo primero que aparecen son nuestros recursos y soportes para sostenernos internamente frente a los cambios que se presentan. Aparecen más patentemente cuando se ha trabajado sobre éstos y se ha creado una vida en congruencia con ellos, pero cuando nuestros hábitos saludables y de conexión no han sido más que un experimentar esporádico, o una experiencia fantasiosa, o un ejercicio insignificante e incomprensible para nosotros mismos, las crisis entonces se transforman en una verdadera catástrofe personal.

Nuestras creencias, muchas veces han sido digeridas sin cuestionarlas mínimamente en el sentido que éstas puedan tener realmente para nosotros mismos. Adquirimos un pack de creencias respecto al éxito, la felicidad, el amor, la vida, el poder, etc. que usualmente no cumplen con lo que prometen. Cuestionar las creencias, tampoco es fácil porque al hacerlo cuestionamos inmediatamente nuestro sentido de pertenencia hacia el grupo social que nos la transmite. Es ahí cuando muchas veces resulta más cómodo y rápido perderse en la manada, tomar su cause y replicar silenciosamente las ideas hipnóticas imperantes. Aquello que llamamos crisis, justamente trae la brillante oportunidad de reestructurar nuestras creencias para generar ideas que sean más actualizadas y adaptativas a nuestro presente. Cómo la enfrentemos, depende de qué tan apegados estemos a lo que creemos y/o a lo que queremos creer.  

Paradójicamente, el soporte más fuerte, siempre es interno, invisible, intangible y muchas veces indescriptible. Se sienta en la sabiduría profunda de cada ser humano, en la conexión más honesta con nuestra forma de ser, en la armonía con la que hemos desarrollado nuestras vidas. El soporte más fuerte, es aquel que probablemente nuestra cultura de mercado ha intentado ocultar, olvidar y rezagar, tal como lo ha hecho con la misma naturaleza. Si nuestras creencias están arraigadas al mundo material, inclusive arraigadas más a la meta que al propio trayecto de cada proceso, las crisis en nuestras vidas serán una constante y podremos ir así “de drama en drama”. Pero si por otra parte, a través de la práctica logramos ampliar nuestra mirada sobre lo material, reconocer las conexiones que hay entre todos nosotros y entre cada suceso vital, entonces percibiremos las crisis mas bien como parte de un mismo todo, y podremos dialogar con ellas desde la confianza y la aceptación.

La pregunta es: ¿en qué quieres creer?, y no se trata de escoger otro "pack" que nos deje más satisfechos, sino de articular la coherencia necesaria entre lo que realmente quiero y aquello que nos han mostrados nuestros propios aprendizajes vitales, aquellas lecciones derivadas de cada experiencia de vida consciente. ¿Por qué en que otra cosa puedes confiar si no confías en tu propio experimentar?, ¿de qué vas a aprender si no sacas lecciones de tu propio camino? Y ahí está la riqueza colectiva, esa unicidad y originalidad que cada quien puede brindar desde su prisma. Cuando las creencias son una vivencia real, éstas se alojan en cada una de nuestras células, las “llevamos puestas” ancladas en el inconsciente y consciente, y si estas se han tejido con amor hacia uno mismo, entonces son raíces y el tronco vivo de nuestro verdadero ser, por ello es tan importante comenzar a creer desde uno mismo, y creer primero que todo, en uno mismo, ya que es ahí donde aprendemos a confiar relacionándonos con la vida que somos.