miércoles, 7 de mayo de 2025

Una conexión coherente: La tarea de recuperar el ritmo y procesar humano.

 En medio de una cultura de consumo, diariamente escuchamos conceptos que más veces de las que quisiéramos comienzan a trasladarse a nuestra propia subjetividad, llegando a alterar incluso, la manera en que nos comprendemos a nosotros mismos. Expresiones como: "fast food", "flash sales", "cyber day", "descuentos por pocos días", "pago automático", etc. Instalan un ritmo sobre nuestro diario vivir que regularmente no coincide con la velocidad que requieren los procesos humanos. Al estar inmersos en un entorno que invita al consumo inmediato (ya sea física o virtualmente), inconscientemente empezamos a generar la expectativa de que todos nuestros deseos "deberían" cumplirse de forma rápida, instantánea, con la misma facilidad con la que, por ejemplo, podemos comprar algo a través de una aplicación o elegir una serie de tv. Con el transcurrir del tiempo, paulatinamente nos vamos entrenando en desconectarnos de nuestro ritmo vital, de nuestra propia capacidad para sentir, percibir el momento a momento de cada proceso, ya sea un duelo, un embarazo, conocer a alguien, elaborar un trauma, asimilar un cambio, etc. frente a tales realidades comenzamos a tratarnos como máquinas donde en ocasiones llegamos a maltratarnos o decepcionarnos de nosotros mismos cuando no obtenemos el estado interno que deseamos. Allí, es muy fácil que aparezca la excesiva frustración y también la ansiedad por querer ver "ya" ese resultado que queremos. 



Recuperar el ritmo humano se ha vuelto esencial, pues ya sabemos que no por mucho producir o poseer nos sentimos mejor. En la misma medida que necesitamos re-conectar con nuestra propia naturaleza, necesitamos aprender a sostener procesos, apaciguar el impulso consumidor para transformarlo en paciencia y sabiduría, aprendizajes que solo se obtienen en la calma, en la presencia y en el paso a paso. Más que subir o bajar el ritmo, es ante todo tomar consciencia del propio ritmo, explorar la manera en que solemos procesar las distintas emociones, el tiempo que requerimos para integrar nuevas informaciones, apreciar el lenguaje del cuerpo, ver qué está reflejando y qué está pidiendo. Tal vez allí se desacelere nuestro andar, pero esto hará que a su vez, cada paso sea más robusto, más completo, más profundo, más coherente con nuestro propio ser integral.

viernes, 24 de enero de 2025

Rebeldía, autenticidad e individualidad: La dicha de ser uno mismo.

Muchos de nosotros hemos escuchado frases como: “Esa persona es extraña”, o “me gustaría ser más normal”, “es que siempre he sido raro”, etc. Pareciera que la normalidad es un lugar seguro, de sujetos predecibles, que están alineados con los patrones que sostienen la mayoría de las personas en un determinado entorno… pero ¿qué pasa cuando ese entorno no es saludable? ¿es bueno ser normal?. Independiente del contexto, aspirar a la normalidad es aspirar a una versión limitada de nosotros mismos, una que se ajusta a las convenciones sociales preestablecidas y que no necesariamente tienen un sentido personal para los individuos que las replican en el presente.

Si bien como humanidad tenemos muchos atributos que compartimos entre todos como especie, la maravilla de la creación nos muestra que no hay un individuo que sea exactamente igual a otro, ni física ni psicológicamente, siempre hay un elemento original en cada persona que resulta saludable que sea expresado de manera coherente y respetuosa consigo mismo y su entorno. Hay quienes se distinguen por su estilo, por sus facciones, por sus creencias, por sus comportamientos, etc. Cuando alguien inicia la travesía de explorarse a sí mismo: sus gustos, potencialidades, limitaciones, patrones, etc. inevitablemente llegará un momento en que desafiará “a la norma”. Tal vez comience a convertirse en una persona distinta a la que su entorno esperaba, quizás rompa una tendencia familiar, quizás sus decisiones difieran de la mayoría, o puede ser que se atreva a dar con total honestidad sus puntos de vista en vez de acomodarse para no inquietar. 

Dentro de un marco saludable, tornarse rebelde, es condición necesaria para quienes buscan ser plenamente auténticos consigo mismos. Lo que puede traer importantes costos sociales como ganarse un manojo de juicios y críticas externas, pero quienes toman ese paso conscientemente, saben por qué lo están haciendo. Lo hacen por dignificarse a sí mismos, para honrar su camino interior, por desear coherencia para sí y para las generaciones venideras, por creer en un mundo sincero, humano y menos superficial o ligado a las apariencias. En su determinación por ser quien realmente son, no solo es liberador para ellos, sino que estimulan a que quienes les rodean, también se regalen a sí mismos la libertad de expresarse sin temor, dejando de alimentar a sus personajes y optando por nutrir a la persona que honestamente son (con sus luces y sombras). Es un acto de confianza y plenitud, donde pareciera que se puede perder mucho, pero sin duda se gana mucho más; la fuerza interna que cultivan esas personas que toman tal camino, comienza a crecer de manera proporcional a su satisfacción. Recuperan su independencia emocional, pues ya no persiguen la validación ajena ni a una imagen social específica que consagre su éxito. Priorizan su conexión interna, un estado de bienestar que no solo se ve, sino que principalmente se siente. Pues tales individuos saben que a eso vinieron: a sentir la dicha de ser una vida única, original y maravillosa, la dicha de estar plenamente vivos.