viernes, 5 de julio de 2019

¿Desde la herida o la sanación? , ¿Desde dónde nos movemos?

En más de una oportunidad nos ha pasado que no entendemos el comportamiento de otro y comenzamos a preguntarnos: ¿por qué actúa así?, ¿por qué me habla de esa forma?, ¿por qué tiene que ser así? Idealmente, es mejor preguntarnos esto a nosotros mismos: ¿por qué soy así?, ¿qué determina la forma en que me relaciono con los otros, conmigo mismo y con mi entorno? Y no nos ha de extrañar, que muchas veces la motivación de nuestra manera de ser, deviene de nuestras heridas más profundas, heridas que duelen cicatrizar por lo que preferimos la anestesia de la indiferencia, de la postergación o la acomodación. 

Moverse desde la herida implica necesariamente ocasionar inconscientemente el mismo daño que hemos recibido. Vale decir, que si durante mi infancia recibí un amor condicionado, voy a reproducir esta forma de relacionamiento solo por estar ciego frente a mi mis@. Movernos desde la herida no puede traer nada bueno, creamos tensión, rechazo, ambivalencia y desconcierto, pero hemos hecho de nuestra herida un lugar tan cómodo que pareciera que estas negatividades son “normales”, “parte de la vida”, como naturalizar un día nublado por quien no ha revisado ni ha limpiado sus lentes.

Es imposible ver la herida sin afectarse nuevamente por ello, sin levantar la emocionalidad que se trastocó cuando se experimentó el daño original, pero esa es justamente nuestra oportunidad para curarnos, para gestar nuestro proceso de renacimiento y concebir la propia vida desde nuestros anhelos más hermosos. El tiempo que requerimos para sanar es acorde al tamaño de la herida, y por ello no debemos desanimarnos, ya que el tamaño de nuestra herida es también el de nuestra lección, ese aprendizaje vital que enriquece la vida personal y la de quienes nos rodean. Como todo proceso, ver qué nos duele y nos ha dolido es un trayecto conformado por etapas, por ello muchas veces es recomendable dejarnos acompañar para no quedarnos entrapados en ninguna fase, sino seguir avanzando con la certeza de que podemos transformar en positivo todo lo negativo que hayamos experimentado en nuestras vidas.

La meta es recuperar el estado amoroso con el cual nacemos pero en una versión mucho más madura. El remedio también es el amor, pues es esta disposición la que nos ayudará a integrar lo desplazado de tal manera que mantengamos la armonía dentro de nosotros.Y esa es la diferencia radical cuando nos movemos desde la sanación; se derriban las identificaciones con cualquier imagen de mí mismo, caen los personajes, la historias, las expectativas catastróficas, el deseo de control, la necesidad de atención, el reclamo, la queja, esa rabia contenida… ya no existen, y no queda más que dar, que agradecer y valorar. ¿Cómo no querer sanar? Si la felicidad que se crea no emerge al evitar, sino más bien al querer ver, aprender y perdonar.

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