lunes, 9 de septiembre de 2019

El Resultado es del Ego, el Proceso es del Alma.

"Tres cosas distinguen el vivir del alma del vivir exclusivamente del ego y son: la capacidad de percibir y aprender nuevas maneras de hacer las cosas, la tenacidad de recorrer un camino accidentado y la paciencia necesaria para para aprender a amar profundamente y durante mucho tiempo. Pero el ego tiene tendencia e inclinación a evitar los aprendizajes. La paciencia no es lo suyo. Las relaciones duraderas no son el punto fuerte..." 

Clarissa Pinkola Estés-Mujeres Que Corren con Lobos- 


En mi andar terapéutico he observado que la mayoría de las personas buscamos un resultado. Un resultado que puede ser: estar bien, tener más dinero, concretar una relación, comprar una casa, viajar, tener un hijo, etc. Uno de los beneficios de anhelar un resultado es que nos predispone positivamente hacia un proceso, pero existe una diferencia radical entre predisponerse positivamente a un proceso y apegarnos negativamente a un resultado. ¿Qué pasa allí?

Muchos de nosotros buscamos los resultados porque éstos son aparentes certezas con las cuales nos podemos identificar, llevarlas puestas y decir: “yo tengo esto” o “yo soy esto”, como por ejemplo “soy psicóloga”, “soy una mujer casada”, “soy mamá”, “soy millonaria”, “tengo propiedades”, etc. Lo que en el mejor de los casos podría ser el fruto de un periodo de trabajo interno y externo significativo, pero al parecer la mayoría de las veces se asemeja más bien a una fijación de la mente, derivada de un desequilibrio desde ese mismo lugar interior. ¿Por qué miramos tanto los resultados?, ¿Cuál es nuestra motivación de fondo?

Cuando mantenemos nuestra atención desequilibradamente en el resultado, una de las primeras consecuencias que experimentamos es dejar de disfrutar el proceso, no saber valorar a éste ni a las circunstancias que permiten nuestro procesar, ya sean personas, momentos, sincronías, etc., con lo cual se elabora una consecución de distintos elementos para que el proceso finalmente se refleje en un resultado coherente. Y es esto lo que constantemente olvidamos (o queremos olvidar) que el resultado debe ser el reflejo de un proceso, sino es mera apariencia, vanidad, inseguridad, mucho ruido y poca nuez, porque no representa un creación firme y proyectada desde un centro propio y también desde la misma vida, o desde el mismo universo como dirían los más místicos, porque los procesos son misteriosos a diferencia del resultado que es la certeza-seguridad “concreta” (tengo un título, un anillo, un objeto, un auto o inclusive una relación), el proceso deviene misteriosamente como la creación de una nueva vida, fluye misteriosamente siendo aquello que no podemos controlar, lo que es de esperar que como seres humanos en una realidad tan material, tengamos una cierta tendencia a rechazar dicha falta de control. Mantenerse atentos al proceso puede ser una experiencia de tanta incertidumbre, que tal vez uno de los principales aprendizajes humanos que necesitamos desarrollar conscientemente, es aprender a convivir con ello para no generar angustia ni ansiedad frente a los resultados que no hemos alcanzado. Aprender a vivir con la falta de certezas aun “firmando”, “poseyendo” o identificándonos, aumentaría significativamente nuestro bienestar físico, mental y emocional, y lo que es más importante, incentivamos la mirada interna como una constante, como la base primordial para sostener consciente y armoniosamente nuestro día a día y aquellos hitos que logramos en nuestro ciclo vital.  

Cuando los resultados son el reflejo de un proceso, éstos se llevan de forma mucho más liviana y con mucha más humildad porque el mismo proceso nos enseña cómo llevar ese resultado, nos enseña que todo es impermanente, que un día estás arriba y otro día estás abajo, que “yo” no soy una criatura aislada, que no me creo solo/a, que para poder llegar a un puerto se necesitan de muchos factores que acompañen y en esos factores están las personas, lugares e inclusive el clima incide para que “todo se dé”, para que Todo lo posibilite, y es esa humildad ante la vida la que permite que no nos identifiquemos excesivamente con un resultado. ¡Claro que se valora! ¡Claro que se celebra! ¡Claro que se agradece! Más se comprende su transitoriedad y así también se deja pasar porque el proceso continúa. Esto es algo que quizás lo podemos apreciar particularmente en los deportistas de alto rendimiento, quienes luego de prepararse arduamente para ganar un campeonato, apenas lo logran inmediatamente piensan en la meta siguiente. Ganan, lo disfrutan, lo celebran, pero no dejan de entrenar. El alto nivel en distintos tipo de talentos se mantiene gracias a la perseverancia para continuar en el proceso más que forzar y/o descansar en un resultado, es en la constante práctica y no en el estrés de “tener” o “querer” donde se crea la excelencia.

Finalmente, así como la estaciones del año, cada etapa de nuestra vidas, cada hito, son momentos que van transcurriendo, que también pasarán y aunque parezca un perspectiva que le quita peso a los resultados, es más bien una mirada que le brinda mucho más valor, porque solamente al saber que el momento que tengo con mi hijo/a es un momento que va a pasar, es entonces un momento que yo puedo valorar claramente. Solamente al saber que el sueldo que recibo también se va acabar, es cuando lo puedo valorar y decir “ok, lo cuido y lo voy a administrar bien.” Solamente saber que el día a día con mi pareja también en algún momento va a pasar, es que me dedico a amarlo/a y honrar su presencia en mi vida. En el fondo, es una valoración del tiempo distinta, una valoración a este “ahora”, no el pasado ni al futuro, sino a este minuto que estamos viviendo y nos está aportando muchísimo, nos está brindando muchísimo, quizás mucho más intangible que tangible pero aquí estamos: sintiendo, pensando, viviendo, procesando, y si ponemos la cabeza en el resultado dejamos de ver la riqueza que este momento nos entrega. Sólo en unidad con esa riqueza podemos tejer armoniosamente nuestro porvenir y ese tejido será nuestra herencia para la vida. Si tenemos hijos, será para nuestra familia, para nuestros hijos, más es un regalo para la vida. Así son los legados culturales también. Las culturas ancestrales han creado esa riqueza del alma, la han tejido pacientemente permitiendo que distintos pueblos milenarios aún mantengan sus raíces culturales. Lamentablemente se han ido perdiendo o alterando porque nuestro paradigma cultural ha ido cambiando, pero ha sido gracias a su perseverante conexión interna, a su adherencia a una forma de vida que respeta cada procesar, que hoy aún existen “resultados con alma” como  las lenguas autóctonas, complejas cosmovisiones, sabiduría y conocimiento indígena sobre distintas áreas de la vida que se están intentando recuperar, que se pueden recuperar, lo que es necesario reconocer y valorar.

Recordar que el resultado es del ego y el proceso es del alma, es darle luz a nuestra decisión sobre dónde queremos posicionarnos, si es en el ego, será entonces en el sufrimiento de tener que ganar y perder, de alcanzar y sentirnos vacíos nuevamente, más si es en el proceso del alma, podremos encontrar esa sutil maravilla que está en el recorrido, en el tránsito, en el día a día, momento a momento, siendo esa sutil maravilla la que en algunos podemos percibir, la que expresamos a través de la mirada, del trato con los otros, de nuestros movimientos, de cómo caminamos y de nuestra voz.

viernes, 5 de julio de 2019

¿Desde la herida o la sanación? , ¿Desde dónde nos movemos?

En más de una oportunidad nos ha pasado que no entendemos el comportamiento de otro y comenzamos a preguntarnos: ¿por qué actúa así?, ¿por qué me habla de esa forma?, ¿por qué tiene que ser así? Idealmente, es mejor preguntarnos esto a nosotros mismos: ¿por qué soy así?, ¿qué determina la forma en que me relaciono con los otros, conmigo mismo y con mi entorno? Y no nos ha de extrañar, que muchas veces la motivación de nuestra manera de ser, deviene de nuestras heridas más profundas, heridas que duelen cicatrizar por lo que preferimos la anestesia de la indiferencia, de la postergación o la acomodación. 

Moverse desde la herida implica necesariamente ocasionar inconscientemente el mismo daño que hemos recibido. Vale decir, que si durante mi infancia recibí un amor condicionado, voy a reproducir esta forma de relacionamiento solo por estar ciego frente a mi mis@. Movernos desde la herida no puede traer nada bueno, creamos tensión, rechazo, ambivalencia y desconcierto, pero hemos hecho de nuestra herida un lugar tan cómodo que pareciera que estas negatividades son “normales”, “parte de la vida”, como naturalizar un día nublado por quien no ha revisado ni ha limpiado sus lentes.

Es imposible ver la herida sin afectarse nuevamente por ello, sin levantar la emocionalidad que se trastocó cuando se experimentó el daño original, pero esa es justamente nuestra oportunidad para curarnos, para gestar nuestro proceso de renacimiento y concebir la propia vida desde nuestros anhelos más hermosos. El tiempo que requerimos para sanar es acorde al tamaño de la herida, y por ello no debemos desanimarnos, ya que el tamaño de nuestra herida es también el de nuestra lección, ese aprendizaje vital que enriquece la vida personal y la de quienes nos rodean. Como todo proceso, ver qué nos duele y nos ha dolido es un trayecto conformado por etapas, por ello muchas veces es recomendable dejarnos acompañar para no quedarnos entrapados en ninguna fase, sino seguir avanzando con la certeza de que podemos transformar en positivo todo lo negativo que hayamos experimentado en nuestras vidas.

La meta es recuperar el estado amoroso con el cual nacemos pero en una versión mucho más madura. El remedio también es el amor, pues es esta disposición la que nos ayudará a integrar lo desplazado de tal manera que mantengamos la armonía dentro de nosotros.Y esa es la diferencia radical cuando nos movemos desde la sanación; se derriban las identificaciones con cualquier imagen de mí mismo, caen los personajes, la historias, las expectativas catastróficas, el deseo de control, la necesidad de atención, el reclamo, la queja, esa rabia contenida… ya no existen, y no queda más que dar, que agradecer y valorar. ¿Cómo no querer sanar? Si la felicidad que se crea no emerge al evitar, sino más bien al querer ver, aprender y perdonar.

viernes, 5 de abril de 2019

“Ajuste su propia máscara antes de ayudar a otro"

“Ajuste su propia máscara antes de ayudar a otro” mencionan los asistentes de vuelo antes de que el avión despegue, pero algunos pensarán ¿cómo es posible que deba preocuparme de mi mismo cuando otro me necesita? Menos si ese otro es un familiar, un ser querido o un niño. Bueno, esto es una tendencia constante en las personas y que se repite en distintos contexto cuando queremos ayudar a otro, llegando inclusive al punto en que nos descuidamos a nosotros mismos y comenzamos a sintomatizar por ello. El problema es que este tipo de comportamiento suele transformarse en vicio cuando por ejemplo, primero ayudamos a alguien y luego el desgaste comienza a acumularse hasta que también necesitamos que otro nos ayude para poder restablecernos. Más ¿qué pasaría si cada uno se ocupa de ajustar su propia máscara primero?


Pareciera que se nos olvida de que si queremos enseñar cuidado, primero debemos cuidarnos, o es que tal vez algo escondemos en este reflejo de ser “súper héroes” de quienes tenemos al lado. Ahí muchas veces nos juegan en contra nuestras necesidades afectivas, necesidades que se intensifican mayormente si devienen de nuestra infancia, dando origen a proyecciones que acarreamos inconscientemente; Pero ¿qué hace que quiera mirar la necesidad del otro antes que mi propia necesidad?, ¿qué me lleva a reconocer la falta en el otro antes que las mías?, ¿qué gratificaciones espero de la ayuda que estoy brindando? Gran parte de las situaciones en que las personas se vuelcan a ayudar a su hijo, pareja, amigo, etc. al punto en que se olvidan de sí mismo, la ayuda también deja de ser beneficiosa, y muchas veces el mismo hecho de estar siempre ahí para un otro, de alguna manera, tampoco facilita el crecimiento de quienes queremos ver mejor.

En dicha instancia, lo que sorprende es el temor que aparece hacia la independencia emocional, a que tal vez ese otro no me necesite tanto como yo deseo ayudarle, y muchas veces se confunde aquello con amor, creyendo erróneamente que si más me necesita significa entonces que más me ama. No es así. El amor en este caso, lo podemos representar como un horizonte valórico, un ideal de armonía integral en el que existe la confianza, el respeto, la paciencia, la fuerza y la claridad. Si eso es lo que deseo entregar, primero debo demostrar-me que soy capaz de entregármelo a mi mismo, que yo tengo más de aquello que deseo otorgar, que soy capaz de verme a mí mism@, reconocerme a mí mism@ y hacerme cargo de mí, luego -y sólo ahí- podré realmente ayudar sin proyectar, para que de esa manera pueda crear una relación saludable. Una vez "con mi máscara puesta" contaré con el oxígeno suficiente que me permitirá ser un real apoyo para el crecimiento de alguien, y no una muleta de la cual dependa toda su vida. Pero claro, lo fundamental es estar dispuestos a vernos como seres independientes emocionalmente y no sentir en ello una amenaza sino una posibilidad de conocer a alguien gestionando sus propios aprendizajes, cultivando su propio crecimiento, tal como lo hacemos con nosotros mismos, para que todos tengamos la oportunidad de realizarnos plenamente en esta escuela llamada vida. 

miércoles, 9 de enero de 2019

¿He habitado mi propia vida?

Durante este último tiempo, diversas personas han recurrido a mí por alguna necesidad terapéutica, la cual inicialmente se muestra clara para la persona, lo que podría ser una motivación concreta para ahondar en un proceso terapéutico; sin embargo, a medio camino, prontamente vuelvo a encontrarme con una constante: el temor a lo profundo, esa actitud de no querer ir más hondo y tratar de mantener todo “tal cómo está”, como si eso fuese posible. Es el temor de ir hacia adentro, a ese abrumador espacio donde guardamos realidades internas, tanta veces en desorden, escondidas de nosotros mismos.

Es el temor de vivirnos plenamente, de mirarnos a los ojos, de permanecer en el silencio, de decirnos lo que realmente nos está pasando… Y en esas instancias aparece en mí unas ganas intensas de entrar, así bien rápido, sin dudar, de ir hacia el ser más pequeño que habita en cada quien y que sostiene nuestra experiencia vital. Aquel ser que siendo pequeño se mantiene fuerte aguardando un momento en el cual expresarse. Pero es tanto el temor de llegar ahí, tanta la desconfianza frente a ser amados tal cual somos, que aparentemente pareciera ser mejor reafirmarse en reconocimientos externos, evadirse en rutinas hipnóticas, tomar experiencias sucedáneas en vez de esta vida natural.


Tal vez no hay peor costumbre que la de mentirse a uno mismo. Como cuando hacemos de nuestro hogar la superficialidad, mojamos nuestros pies pensando en que nos estamos bañando, o llamamos pareja, amigo o realización a aquello que no tiene conexión con nuestros deseos más hondos.

Me gustaría pensar que las puertas cerradas marcan un ritmo, un tiempo personal, más no un acomodo en un lugar validado socialmente, sin interferencias de alguna confrontación que nos recuerde que necesitamos ser más persona y menos personaje. Veo tantas imágenes y colores llamativos, risas, lugares, abrazos, ideas… la mayoría de ellas sostenidas ruidosamente, recurriendo a la innovación para llamar la atención sobre sí mismas, siendo esto semejante a una círculo vicioso de: superficialidad-egocentrismo-vanidad y otra vez de vuelta a la superficialidad. Probablemente son las mismas 3 puertas que en algún momento debemos decidir si queremos abrir o no, lo que sí podemos realizar preguntándonos:

¿Quiero ir más adentro hasta donde sabré que no quiero estar por lo oscuro que es ahí?,
¿Quiero abandonar las ideas e imágenes de mí mismo para habitar el vacío que también soy?
¿Estoy dispuesto/a a dejar los elogios, el reconocimiento y la validación de otros por mantener mi autenticidad?

Tal vez no deseamos preguntarnos aquello, o tal vez queramos tomar una decisión liberadora… como abandonar el temor a entrar, a abrir, a ver. Olvidar quien creo ser, como debo ser o cualquier programación mental externa. Dejar atrás la mirada social, el juicio de ese otro que no puede responder por mi a aquella pregunta que tal vez se nos aparezca antes de ya no contar con la fortuna  de existir: ¿He habitado mi propia vida?