jueves, 31 de agosto de 2017

Me pertenezco

Por largo tiempo he creído que el sentido de pertenencia es uno de los sentimientos más potentes que poseemos como personas, tal vez como especie. Por muchos años se han realizado diferentes experimentos (como por ejemplo el clásico del ascensor: https://www.youtube.com/watch?v=BgRoiTWkBHU) donde vemos con qué facilidad pareciera que necesitamos dejarnos llevar por los demás. Creo que este sentido de pertenencia calzó muy bien con la cultura de consumo, donde surge la posibilidad de “sentirse bien” en la medida que adquirimos más accesos como ir a un buen restaurante, a un determinado lugar de vacaciones, comprar un auto del año, etc. donde la ambiciosa comodidad se muestra como un sinónimo de bienestar, y a veces justamente son esos espacios de consumo los que determinan a diferentes grupos sociales al identificarse ya sea en relación positiva o contraria a la cultura imperante; pero también está la pertenencia a una familia, a un grupo de amigos, a un estilo de vida, etc. Sin embargo, había olvidado de dónde nace esta tan naturalizada necesidad de pertenecer a un grupo ya sea por lo que pensamos, lo que hacemos o lo que tenemos, etc. El psicólogo Dyer esta vez me lo recordó, es nuestra falta de confianza, ese piso vital para la existencia. Hemos vivido en una sociedad que se ha esforzado para que no confiemos en nosotros mismos sino más bien nos estandaricemos casi íntegramente a un grupo o forma de ser socialmente “exitosa” o “correcta” o simplemente categorizada. El costo de ello como decía El Principito: es invisible a los ojos. En algunos casos hemos preferido ignorar nuestras insatisfacciones internas hasta que se convierten en una enfermedad o evento sorpresivo como una ruptura amorosa, un accidente, conflictos recurrentes, etc. El punto clave es volver a recuperar nuestra confianza, ese amor vital desde el cual aprendemos a movernos sin necesitar la aprobación, validez, y/o afecto de otro, y con ello no quiere decir que no lo disfrutemos si esto aparece, sino que no representaría el eje a través del cual direccionamos nuestra vida, a través del cual nos direccionamos a nosotros mismos.   

Comencé a entender que cultivar la confianza en estos días es un desafío tan significativo como sería dejar el cigarrillo para un fumador; el vicio en este caso, es la aprobación externa: una nota, un aplauso, un título, un halago, etc. Al parecer es esta nuestra mayor adicción, y bueno también está la de querer responsabilizar a cualquier otra persona o situación menos a nosotros mismos por cómo nos encontramos en nuestra vida actual. Cambiar un hábito alimenticio o integrar un nuevo hábito como una rutina deportiva por ejemplo, es un proceso lento, en algunos casos puede tardar años, pero sin importar cuánto demore, creo que sin duda es lo más relevante que podemos hacer por nosotros mismos y por las futuras generaciones. Aprender a amarme, a validarme, acompañarme, a darme apoyo, crearía una vida emocional autosustentable. Aprender a pensar por mí misma/o, a generar ideas y visiones propias y creer en ellas, probablemente traiga nuevos conflictos pero también un sentido de pertenencia mucho más hondo que repetir el ritmo hipnótico de algunas ideas colectivas. Para mí, ahí está la escuela de la vida, en el ejercicio de esta autonomía, la que da cabida a la diversidad, a la integración y dialogo enriquecedor. La valentía y el amor van juntos de la mano, amarse fuertemente a uno mismo es un acto de mucho coraje, ese coraje que embellece a nuestras propias vidas.

"Esto ante todo: sé fiel y verdadero a tu ser interior; 
Y sucederá, como la noche sucede al día, 
Que no podrás mostrarte falso con hombre alguno"

Hamlet

domingo, 13 de agosto de 2017

La forma, el silencio & el equilibrio.


"Treinta radios convergen en el centro de una rueda,
pero es su vacío lo que hace útil al carro.
Se moldea la arcilla para hacer la vasija,
pero de su vacío depende el uso de la vasija.
Se abren puertas y ventanas en los muros de una casa,
y es el vacío lo que permite habitarla.
En el ser centramos nuestro interés,
pero del no-ser depende la utilidad."
Libro del Tao

Estas líneas las podemos interpretar de muchas maneras; desde mi punto de vista, trae al frente tres elementos que son necesarios de tener presente permanentemente: la forma, el silencio y el equilibro. Hoy por hoy, pareciera que vivimos en mundo mucho más apegado a la forma, como por ejemplo: en la forma de las cosas que tengo, de cómo me visto, cómo actúo frente a los demás, cómo me veo en la foto, etc. A veces las formas pueden ser sumamente atractivas, mas ¿qué pasa cuando nos olvidamos del vacío y el balance? Algunas veces se produce un quiebre en la personalidad tan potente que puede llegar a ser enfermizo, la persona tiene cambios de comportamiento significativos dependiendo de dónde y con quienes se encuentre. Sostener una forma de vida falsa, agota si no es coherente a lo que somos y está más ligado a lo que queremos ser, entonces el mismo organismo va generando pequeños colapsos por el cansancio que implica vivir para afuera y no desde adentro. A veces surgen desórdenes psicosomáticos, y pueden pasar años en que ponemos todo nuestro esfuerzo para sostener dichas formas, que nos aferramos a ellas para convencer y convencernos de que estamos bien o somos exitosos… hasta que idealmente algún acontecimiento nos despierta y nos recuerda significados más profundos que posee la vida. Estos acontecimientos no deben ser necesariamente negativos, pero muchas veces son las pérdidas (trabajo, pareja, familiar, etc.) e inclusive desastres naturales lo que cambia nuestra mirada y valorización de la vida. Pero también puede ser la llegada de un hijo, un sueño, un libro, una nueva relación, la creación de nuevo proyecto, etc. lo que nos interpela más hondamente. La vida está aquí, dentro y fuera de nosotros, depende de nuestra voluntad cómo deseamos conectarnos con ella.

El silencio desde el vacío resulta ser un elemento reconocible en distintos lugares de nuestras vidas. Desde el vacío que ocupamos en una casa, hasta el vacío de una mente contemplativa, silente en ideas, juicios, perspectivas, capaz de reconocer lo nuevo de cada momento; las pausas necesarias en una conversación, el retraimiento después del ajetreo, la respiración en el cotidiano, ese espacio de ocio (sin tecnologías) desde donde antiguamente surgieron el desarrollo de las ciencias sociales,etc. Sin embargo, actualmente ¿cuánto me permito habitar este vacío? Este lugar de no-ser donde nos abrimos a lo incierto, a nuestra propia humildad frente a la vida,  a una sensibilidad más profunda, base sobre la cual emerge el sentido que se expresa en la forma útil. ¿Cuántas formas sin sentido podemos encontrar en nuestro alrededor? Ya sea por ser excesivas o porque no cumplen con lo que se requiere. Pareciera que muchas de nuestras acciones y producciones carecieron de silencio. Por ello, a veces hablamos de más, nos damos más vueltas, tenemos cosas que no usamos, generamos conflictos innecesarios, nos cuesta mirar, atentamente escuchar, reconocer nuestros propios ritmos para ordenar desde ahí nuestro día a día, disfrutar la alegría de compartir en vez de llenarnos de juicios que nos separan entre nosotros. Hoy como planeta vivimos bajo una cultura donde todo lo que consumimos se transforma prontamente en basura, que no sabemos ni qué hacer con ella, amenazando así la propia vida en la Tierra.

El balance, el punto medio, el equilibrio, es un elemento constante en la vida natural, siendo clave a la hora de hablar de salud mental, física, emocional, individual, social e inclusive para el desarrollo de nuestros ecosistemas. Cada uno de nosotros somos un elemento del todo, y cada elemento al interior de nosotros es parte de lo que puedo reconocer como “mi mismo”, aunque esto a veces se aleje de la imagen que me gustaría proyectar de mí. En el fortalecimiento de este balance surge la madurez, la comprensión, el aprendizaje vívido para una vida feliz y plena de sentido. Practicarlo conscientemente, claro que no es fácil, sospecho que para la mayoría de nosotros ni la crianza, ni la educación, ni la cultura estuvo centrado en ello. Lo importante, es que hoy sí podemos poner atención a cada uno de nuestros hábitos: alimentación, actividad física, vida social, uso de medios de comunicación y tecnologías, etc. y reconocer de qué forma me relaciono equilibradamente con cada elemento en mi vida, dar cuenta cómo puedo equilibrarlos. El equilibrio genera calma y la calma es vital para saber valorar, para estar presentes, para tomar buenas decisiones, adquirir nuevos aprendizajes y crecer más contentos.

"El hombre que en su actuación encuentra el silencio, y que ve que el silencio es actuación, 
ese hombre en verdad ve la luz, y en todos sus obras encuentra la paz"
Bhagavad Gita

jueves, 3 de agosto de 2017

Por los Jóvenes

Las palabras muchas veces son señaléticas en la ruta de nuestra mente, parte de un mapa que nos permiten conocer e imaginar nuevos territorios/realidades con los cuales soñar y luchar. Si bien éstas pueden ser muy cautivadoras, más inspirador es ver esas palabras convertidas en actos, poder apreciar que lo que anhelamos ya tiene una raíz en la tierra, como un indicador de que “sí se puede”. Hoy, las raíces que muchos jóvenes necesitan es el ejemplo de adultos que hayan hecho su vida en coherencia con sus ideales y sueños. Es fácil decirnos los unos a los otros qué es lo que tenemos que hacer antes de ver qué estamos haciendo con nosotros mismos. Convertirnos en lo que hablamos, no sólo un día sino cada día de nuestra vida y poder crear toda una vida en relación a lo que aspiramos, tal vez es el trabajo más valioso que podemos realizar con nuestra existencia.

La coherencia entre nuestros pensamientos y actos, será lo que dirá si somos personas de confianza o no, si hay cierta madurez en nosotros o no, si somos honestos entre nosotros o no. Aprender a construir esa coherencia, esa madurez y esa honestidad, es tal vez el legado más significativo que podemos enseñarles a las futuras generaciones. La integridad humana puede ser un ejemplo a seguir bastante estimulante para el mundo de hoy en día. Cuando nuestra mente está puesta en lo material, en la riqueza o el poder, será la sensibilidad de cada uno de nosotros que en el silencio nos dice cuánto nos llena todo ello, cuánto nos ha acercado a la tranquilidad y armonía. Ya no son los tiempos de las grandes estructuras e ideologías que nos indiquen qué hacer o no. Hoy es el momento en que cada uno asume la plena responsabilidad de su propio camino, de su individualidad, de aquella vida que posee. Ya no está la “tradición” para seguirla e inclusive espacios como la familia, el trabajo, la pareja, la educación, etc. han debido flexibilizarse en cuanto a sus formas de constituirse para poder darle cabida a las múltiples maneras en que se crean y re-crean. La modernidad y la globalización son tiempos ya pasados para el individuo que despierto se piensa más allá del tiempo y el lugar en el que plenamente se encuentra.

Es ahí, donde la profundidad de aquella coherencia interna que cada uno refleja con su propia forma de ser, expresarse, comportarse, ordenarse, relacionarse, etc., dependiendo del cuidado que se ha tenido, se relacionará con el grado de impacto que en mayor o menor medida hacemos hacia a todos quienes nos rodean. Tal vez es ésta la educación que están esperando nuestros jóvenes. Ellos, adherentes a su propia individualidad, saben seleccionar muy bien a quien escuchar y a quien no, como también saben ponernos a prueba y actuar de ciertas formas sólo para ver cómo vamos a reaccionar. Y después de haberlo hecho esto durante un tiempo, articulan rápidamente su visión de mundo, concluyendo qué caminos tomar y cuáles elementos hacerlos parte de sí mismos.   
Los adolescentes y jóvenes de hoy en día, además de saber manejar su atención, buscan fundamentos que les hagan sentido, no tienen por qué seguir rutas marcadas, ni escuchar órdenes externas por muy autoritaria o cercanas que puedan ser. Ellos reconocen que lo correcto es relativo dependiendo a quién se le pregunte, tal vez algunos son más conscientes de la libertad que de la responsabilidad que esto conlleva, pero con claridad actualmente tienen mucho menos temor para presentar su postura, sus opiniones, donde consideren que sea necesario, dispuestos por ello hasta una dura confrontación.
Por eso son la fuerza motora de una sociedad y son ellos tal vez los testigos más exactos de nuestros errores y aciertos. Por esto también, el costo de una juventud desesperanzada, desorientada e inactiva, es una gran depresión tanto para el individuo como para todos los sistemas a los que pertenece. La tarea es de todos esforzarse diariamente y no permitir que esto suceda. Desde el hermano chico, hasta el vecino, la tía, el profe, los padres, los abuelos, el amigo y la pareja, pueden ayudar a que los jóvenes crezcan en su libertad y aprendan el valor y sentido de adquirir responsabilidades. 

Podemos apoyarlos escuchándolos, preguntándoles más que dándoles consejos. Podemos ayudarles a observar su propia vida sin recriminar ni a ellos ni a los otros por las equivocaciones. Analizar conjuntamente sus propias decisiones y ver hacia dónde lo han llevado. Podemos ayudarles a mantener una buena actitud frente a las dificultades, a responder con madurez y sabiduría cuando las cosas no resultan como quisieran, a conocerse a sí mismos respetando a los otros, a saber agradecer lo que tienen y buscar la alegría diariamente.
Frente a cualquier idea que les digamos, mirarán si es también un acto, una verdad hecha realidad. La mentalidad del joven y particularmente de los adolescentes, está a medio camino en su proceso de sociabilización. Conocen más o menos las reglas del mundo, qué tipos de conocimientos hay, cuáles son las formas de moverse y las ideas sociales imperantes sobre qué es desarrollo y éxito, particularmente de su cultura, pero como es medio camino, cuentan con la ventaja que aún no les es necesariamente propio los ritmos y formas de su entorno, sino que están en el comienzo de un bonito proceso de creación y selección por medio del cual elaborarán su identidad. Este proceso de configuración personal, probablemente lo podemos realizar varias veces en nuestras vidas, pero la energía con la que contamos en cada momento evolutivo va cambiando.

Darle mayor consciencia y compañía a ese transitar humano por el que pasamos todos en nuestra juventud, estimulará decisiones más certeras, identidades más saludables y un crecimiento social de mayor fuerza y sostenimiento. Y aquí cabe preguntarse: ¿cuál será esa mejor compañía? Ahí volvemos al inicio. Además de que sea alguien que los respete por lo que son, se necesita de personas que los alienten con su ejemplo a crecer y superarse. Personas que hayan salido adelante sin mentiras ni engaños, que busquen descubrirse más que acomodarse, que puedan mantener una línea de valores humanos sin ceder a la ambición, que sabiamente hayan sabido adaptarse sin perderse. Lamentablemente, aunque parezca algo obvio, nuestra cultura no incentiva este tipo de personas, pues desde pequeños nos guían hacia la competitividad, la productividad y la riqueza material. Con ello, es probable que nuestras juventudes crezcan más defensivas o más desesperanzadas, la confianza para ellos y en general para todos se ha convertido en un tesoro escaso de encontrar, y sin embargo es éste el sentimiento básico para el desarrollo de una vida saludable.

Todo lo que podemos hacer por nuestras juventudes, lo haremos también por nosotros mismos: ser honestos, amorosos, sabios, fuertes y positivos. 

miércoles, 2 de agosto de 2017

Encontrarse a uno mismo

Para comprender la persona que somos, es necesario reconocer el contexto social y cultural en el que nos encontramos. Uno de los elementos más característicos de este tiempo es el valor de mercado que se le ha brindado a casi todas las dimensiones de la vida humana, incluyendo las esenciales, como educación, salud y vivienda. Sin embargo, esta misma lógica mercantil, ya nos ha trastocado en términos de relaciones humanas, tanto a nivel inter como intrapersonal. Aspectos como la desigualdad, competencia, desconfianza, enajenación, desinterés, materialismo, superficialidad, etc. son rasgos que constantemente tratan de impregnarse en nuestras relaciones cuando nos desarrollamos en un modelo cultural que tiene al consumismo como su elemento base.
De esta manera, aparece la disyuntiva entre si somos personas o consumidores, si valemos por lo que somos o por lo que tenemos. Alejarnos de nosotros mismos es el principio de muchas enfermedades, físicas, psicológicas o emocionales. Por ello, es primeramente nuestro propio organismo el que nos insta a no perder la observación y conexión con uno mismo.

Por otra parte, en 1991 se creó en Estados Unidos el Instituto “HearthMath” con la finalidad de dar cuenta de la importancia del corazón en el desarrollo de la humanidad. Dentro de los resultados de sus investigaciones, enseñan cómo el corazón emite campos electromagnéticos que cambian de acuerdo a nuestro estado emocional y que se puede medir dicho campo alrededor de un metro de distancia del cuerpo. Ellos, han demostrado que las emociones positivas fortalecen y armonizan el sistema inmunológico, nervioso, cardiovascular y endocrino; señalando además que es nuestro corazón el que envía más información al cerebro que viceversa. Desde aquí, mirar nuestro estado interno, se propone como un eje y una base muy distinta a lo que estimula día a día nuestra cultura.

El desafío es no perderse sino encontrarse,  ir con uno para avanzar con los otros. Aprender de nuestro propio crecimiento para crecer mejor en conjunto. Aquellas habilidades que fortalezcamos en la relación con uno mismo, se reflejan con nitidez en nuestras relaciones con los otros y en las transformaciones que somos capaces de realizar hacia nuestro entorno y cultura.


   “El hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro,
empieza a vivir más sencillamente por fuera”

Ernest Hemingway

martes, 1 de agosto de 2017

Autoconocimiento

¿Cuál es el propósito de mi vida? Es una pregunta fundamental para reconocer el sentido que nos damos a nosotros mismos y a todo lo que nos rodea. ¿Cómo alcanzo dicho propósito? Dará cuenta de aquella construcción que realizamos respecto a la persona que queremos ser y el mundo que estamos cultivando. Responder con honestidad y coherencia, es parte del proceso de autoconocimiento.

Hay múltiples caminos, disciplinas y saberes, que expresan de diversas formas la importancia y maneras en que podemos conocernos mejor a nosotros mismos. Uno de los elementos reiterativos, tiene que ver con la atención, con la capacidad de atender mentalmente a lo que vamos siendo, cómo nos vamos guiando y la permanente interacción creadora con nuestro entorno y los otros. Esta atención, hay quienes la desarrollan en la meditación, en el arte, la oración, la actividad física, el trabajo con la tierra, o ritos que estimulen la contemplación y conexión con la vida que está adentro y fuera de mí.

Conocerse y re-conocerse a uno mismo, implica apreciar la manera en que estoy desenvolviéndome integralmente en el mundo, pero sobre todo, es también observar cómo mi crianza, mi educación, mi cultura, y mi historia de vida, estimulan mi desarrollo hacia patrones y objetivos que no necesariamente se relacionan con lo que yo quisiera realmente para mí… con lo que yo quisiera realmente de mí.

Es así, como el autoconocimiento no es sólo para aquellos que  busquen comprenderse y crecer con plena consciencia de sí, sino que también es un ejercicio necesario para sentirnos libres y apropiados de nosotros mismos, cultivando la confianza, aprendiendo de la sabiduría de la vida que somos, agradeciendo con humildad lo que el reflejo externo nos muestra de nuestro mundo interno.