jueves, 3 de agosto de 2017

Por los Jóvenes

Las palabras muchas veces son señaléticas en la ruta de nuestra mente, parte de un mapa que nos permiten conocer e imaginar nuevos territorios/realidades con los cuales soñar y luchar. Si bien éstas pueden ser muy cautivadoras, más inspirador es ver esas palabras convertidas en actos, poder apreciar que lo que anhelamos ya tiene una raíz en la tierra, como un indicador de que “sí se puede”. Hoy, las raíces que muchos jóvenes necesitan es el ejemplo de adultos que hayan hecho su vida en coherencia con sus ideales y sueños. Es fácil decirnos los unos a los otros qué es lo que tenemos que hacer antes de ver qué estamos haciendo con nosotros mismos. Convertirnos en lo que hablamos, no sólo un día sino cada día de nuestra vida y poder crear toda una vida en relación a lo que aspiramos, tal vez es el trabajo más valioso que podemos realizar con nuestra existencia.

La coherencia entre nuestros pensamientos y actos, será lo que dirá si somos personas de confianza o no, si hay cierta madurez en nosotros o no, si somos honestos entre nosotros o no. Aprender a construir esa coherencia, esa madurez y esa honestidad, es tal vez el legado más significativo que podemos enseñarles a las futuras generaciones. La integridad humana puede ser un ejemplo a seguir bastante estimulante para el mundo de hoy en día. Cuando nuestra mente está puesta en lo material, en la riqueza o el poder, será la sensibilidad de cada uno de nosotros que en el silencio nos dice cuánto nos llena todo ello, cuánto nos ha acercado a la tranquilidad y armonía. Ya no son los tiempos de las grandes estructuras e ideologías que nos indiquen qué hacer o no. Hoy es el momento en que cada uno asume la plena responsabilidad de su propio camino, de su individualidad, de aquella vida que posee. Ya no está la “tradición” para seguirla e inclusive espacios como la familia, el trabajo, la pareja, la educación, etc. han debido flexibilizarse en cuanto a sus formas de constituirse para poder darle cabida a las múltiples maneras en que se crean y re-crean. La modernidad y la globalización son tiempos ya pasados para el individuo que despierto se piensa más allá del tiempo y el lugar en el que plenamente se encuentra.

Es ahí, donde la profundidad de aquella coherencia interna que cada uno refleja con su propia forma de ser, expresarse, comportarse, ordenarse, relacionarse, etc., dependiendo del cuidado que se ha tenido, se relacionará con el grado de impacto que en mayor o menor medida hacemos hacia a todos quienes nos rodean. Tal vez es ésta la educación que están esperando nuestros jóvenes. Ellos, adherentes a su propia individualidad, saben seleccionar muy bien a quien escuchar y a quien no, como también saben ponernos a prueba y actuar de ciertas formas sólo para ver cómo vamos a reaccionar. Y después de haberlo hecho esto durante un tiempo, articulan rápidamente su visión de mundo, concluyendo qué caminos tomar y cuáles elementos hacerlos parte de sí mismos.   
Los adolescentes y jóvenes de hoy en día, además de saber manejar su atención, buscan fundamentos que les hagan sentido, no tienen por qué seguir rutas marcadas, ni escuchar órdenes externas por muy autoritaria o cercanas que puedan ser. Ellos reconocen que lo correcto es relativo dependiendo a quién se le pregunte, tal vez algunos son más conscientes de la libertad que de la responsabilidad que esto conlleva, pero con claridad actualmente tienen mucho menos temor para presentar su postura, sus opiniones, donde consideren que sea necesario, dispuestos por ello hasta una dura confrontación.
Por eso son la fuerza motora de una sociedad y son ellos tal vez los testigos más exactos de nuestros errores y aciertos. Por esto también, el costo de una juventud desesperanzada, desorientada e inactiva, es una gran depresión tanto para el individuo como para todos los sistemas a los que pertenece. La tarea es de todos esforzarse diariamente y no permitir que esto suceda. Desde el hermano chico, hasta el vecino, la tía, el profe, los padres, los abuelos, el amigo y la pareja, pueden ayudar a que los jóvenes crezcan en su libertad y aprendan el valor y sentido de adquirir responsabilidades. 

Podemos apoyarlos escuchándolos, preguntándoles más que dándoles consejos. Podemos ayudarles a observar su propia vida sin recriminar ni a ellos ni a los otros por las equivocaciones. Analizar conjuntamente sus propias decisiones y ver hacia dónde lo han llevado. Podemos ayudarles a mantener una buena actitud frente a las dificultades, a responder con madurez y sabiduría cuando las cosas no resultan como quisieran, a conocerse a sí mismos respetando a los otros, a saber agradecer lo que tienen y buscar la alegría diariamente.
Frente a cualquier idea que les digamos, mirarán si es también un acto, una verdad hecha realidad. La mentalidad del joven y particularmente de los adolescentes, está a medio camino en su proceso de sociabilización. Conocen más o menos las reglas del mundo, qué tipos de conocimientos hay, cuáles son las formas de moverse y las ideas sociales imperantes sobre qué es desarrollo y éxito, particularmente de su cultura, pero como es medio camino, cuentan con la ventaja que aún no les es necesariamente propio los ritmos y formas de su entorno, sino que están en el comienzo de un bonito proceso de creación y selección por medio del cual elaborarán su identidad. Este proceso de configuración personal, probablemente lo podemos realizar varias veces en nuestras vidas, pero la energía con la que contamos en cada momento evolutivo va cambiando.

Darle mayor consciencia y compañía a ese transitar humano por el que pasamos todos en nuestra juventud, estimulará decisiones más certeras, identidades más saludables y un crecimiento social de mayor fuerza y sostenimiento. Y aquí cabe preguntarse: ¿cuál será esa mejor compañía? Ahí volvemos al inicio. Además de que sea alguien que los respete por lo que son, se necesita de personas que los alienten con su ejemplo a crecer y superarse. Personas que hayan salido adelante sin mentiras ni engaños, que busquen descubrirse más que acomodarse, que puedan mantener una línea de valores humanos sin ceder a la ambición, que sabiamente hayan sabido adaptarse sin perderse. Lamentablemente, aunque parezca algo obvio, nuestra cultura no incentiva este tipo de personas, pues desde pequeños nos guían hacia la competitividad, la productividad y la riqueza material. Con ello, es probable que nuestras juventudes crezcan más defensivas o más desesperanzadas, la confianza para ellos y en general para todos se ha convertido en un tesoro escaso de encontrar, y sin embargo es éste el sentimiento básico para el desarrollo de una vida saludable.

Todo lo que podemos hacer por nuestras juventudes, lo haremos también por nosotros mismos: ser honestos, amorosos, sabios, fuertes y positivos. 

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