Las palabras
muchas veces son señaléticas en la ruta de nuestra mente, parte de un mapa
que nos permiten conocer e imaginar nuevos territorios/realidades con los cuales
soñar y luchar. Si bien éstas pueden ser muy cautivadoras, más inspirador es ver
esas palabras convertidas en actos, poder apreciar que lo que anhelamos ya
tiene una raíz en la tierra, como un indicador de que “sí se puede”. Hoy, las
raíces que muchos jóvenes necesitan es el ejemplo de adultos que hayan hecho su
vida en coherencia con sus ideales y sueños. Es fácil decirnos los unos a los
otros qué es lo que tenemos que hacer antes de ver qué estamos haciendo con
nosotros mismos. Convertirnos en lo que hablamos, no sólo un día sino cada día
de nuestra vida y poder crear toda una vida en relación a lo que aspiramos, tal
vez es el trabajo más valioso que podemos realizar con nuestra existencia.
La coherencia
entre nuestros pensamientos y actos, será lo que dirá si somos personas de confianza
o no, si hay cierta madurez en nosotros o no, si somos honestos entre nosotros
o no. Aprender a construir esa
coherencia, esa madurez y esa honestidad, es tal vez el legado más
significativo que podemos enseñarles a las futuras generaciones. La integridad
humana puede ser un ejemplo a seguir bastante estimulante para el mundo de hoy
en día. Cuando nuestra mente está puesta en lo material, en la riqueza o el
poder, será la sensibilidad de cada uno de nosotros que en el silencio nos dice
cuánto nos llena todo ello, cuánto nos ha acercado a la tranquilidad y armonía. Ya no son los tiempos de las grandes estructuras e ideologías que nos
indiquen qué hacer o no. Hoy es el momento en que cada uno asume la plena
responsabilidad de su propio camino, de su individualidad, de aquella vida que posee. Ya no está la “tradición” para seguirla e inclusive espacios como la
familia, el trabajo, la pareja, la educación, etc. han debido flexibilizarse en
cuanto a sus formas de constituirse para poder darle cabida a las múltiples
maneras en que se crean y re-crean. La modernidad y la globalización son
tiempos ya pasados para el individuo que despierto se piensa más allá del tiempo
y el lugar en el que plenamente se encuentra.
Es ahí, donde la
profundidad de aquella coherencia interna que cada uno refleja con su propia
forma de ser, expresarse, comportarse, ordenarse, relacionarse, etc., dependiendo
del cuidado que se ha tenido, se relacionará con el grado de impacto que en
mayor o menor medida hacemos hacia a todos quienes nos rodean. Tal vez es ésta
la educación que están esperando nuestros jóvenes. Ellos, adherentes a su
propia individualidad, saben seleccionar muy bien a quien escuchar y a quien no,
como también saben ponernos a prueba y actuar de ciertas formas sólo para ver
cómo vamos a reaccionar. Y después de haberlo hecho esto durante un tiempo,
articulan rápidamente su visión de mundo, concluyendo qué caminos tomar y
cuáles elementos hacerlos parte de sí mismos.
Los adolescentes
y jóvenes de hoy en día, además de saber manejar su atención, buscan
fundamentos que les hagan sentido, no tienen por qué seguir rutas marcadas, ni
escuchar órdenes externas por muy autoritaria o cercanas que puedan ser. Ellos
reconocen que lo correcto es relativo dependiendo a quién se le pregunte, tal
vez algunos son más conscientes de la libertad que de la responsabilidad que
esto conlleva, pero con claridad actualmente tienen mucho menos temor para
presentar su postura, sus opiniones, donde consideren que sea necesario,
dispuestos por ello hasta una dura confrontación.
Por eso son la
fuerza motora de una sociedad y son ellos tal vez los testigos más exactos de
nuestros errores y aciertos. Por esto también, el costo de una juventud
desesperanzada, desorientada e inactiva, es una gran depresión tanto para el
individuo como para todos los sistemas a los que pertenece. La tarea es de
todos esforzarse diariamente y no permitir que esto suceda. Desde el hermano
chico, hasta el vecino, la tía, el profe, los padres, los abuelos, el amigo y
la pareja, pueden ayudar a que los jóvenes crezcan en su libertad y aprendan el
valor y sentido de adquirir responsabilidades.
Podemos apoyarlos escuchándolos, preguntándoles más que dándoles consejos. Podemos ayudarles a observar su propia vida sin recriminar ni a ellos ni a los otros por las equivocaciones. Analizar conjuntamente sus propias decisiones y ver hacia dónde lo han llevado. Podemos ayudarles a mantener una buena actitud frente a las dificultades, a responder con madurez y sabiduría cuando las cosas no resultan como quisieran, a conocerse a sí mismos respetando a los otros, a saber agradecer lo que tienen y buscar la alegría diariamente.
Frente a cualquier
idea que les digamos, mirarán si es también un acto, una verdad hecha realidad.
La mentalidad del joven y particularmente de los adolescentes, está a medio
camino en su proceso de sociabilización. Conocen más o menos las reglas del
mundo, qué tipos de conocimientos hay, cuáles son las formas de moverse y las
ideas sociales imperantes sobre qué es desarrollo y éxito, particularmente de
su cultura, pero como es medio camino, cuentan con la ventaja que aún no les es
necesariamente propio los ritmos y formas de su entorno, sino que están en el
comienzo de un bonito proceso de creación y selección por medio del cual
elaborarán su identidad. Este proceso de configuración personal, probablemente
lo podemos realizar varias veces en nuestras vidas, pero la energía con la que
contamos en cada momento evolutivo va cambiando.
Darle mayor
consciencia y compañía a ese transitar humano por el que pasamos todos en
nuestra juventud, estimulará decisiones más certeras, identidades más
saludables y un crecimiento social de mayor fuerza y sostenimiento. Y aquí cabe
preguntarse: ¿cuál será esa mejor compañía? Ahí volvemos al inicio. Además de
que sea alguien que los respete por lo que son, se necesita de personas que los
alienten con su ejemplo a crecer y superarse. Personas que hayan salido
adelante sin mentiras ni engaños, que busquen descubrirse más que acomodarse,
que puedan mantener una línea de valores humanos sin ceder a la ambición, que
sabiamente hayan sabido adaptarse sin perderse. Lamentablemente, aunque parezca
algo obvio, nuestra cultura no incentiva este tipo de personas, pues desde
pequeños nos guían hacia la competitividad, la productividad y la riqueza
material. Con ello, es probable que nuestras juventudes crezcan más defensivas
o más desesperanzadas, la confianza para ellos y en general para todos se ha
convertido en un tesoro escaso de encontrar, y sin embargo es éste el
sentimiento básico para el desarrollo de una vida saludable.
Todo lo que
podemos hacer por nuestras juventudes, lo haremos también por nosotros mismos:
ser honestos, amorosos, sabios, fuertes y positivos.
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